lunes, 26 de septiembre de 2011

Por qué soy antitaurina



Hace calor. El bochorno casi puede percibirse con la vista. El albero parece fundirse con los rayos del sol y crear figuras a pie de coso. El cielo, algo turbio, reproduce los ecos de la gente que espera en la cola, con la entrada en una mano y los cojines y refrigerios en la otra. El ambiente es festivo y animado; todo el mundo tiene ganas de entrar y disfrutar del espectáculo. Muchos niños, en brazos de sus padres, no acaban de entender por qué están ahí ni qué van a ver, pero ven a los mayores contentos y sonríen. En la lejanía empiezan a oírse las primeras notas de la banda que va amenizar la tarde; trompetas y bombos intentan reproducir los sonidos típicos de la cultura española: coplas, seguidillas y pasodobles resuenan en la distancia, en la antesala de lo que va a suceder en breve. Ya se oyen algunos "¡olé!" e incluso, muchas personas han decidido ataviarse para la ocasión o hacer pequeños guiños: monteras, capotes o toritos de Osborne en miniatura adornando las solapas de más de uno. Cada vez hay más gente a las puertas de la plaza.

Se acerca la hora.


Y en alguna parte, lejos aún de la muchedumbre, alguien aguarda el momento de salir. Está solo, a oscuras y piensa que le gustaría poder tumbarse a descansar. Porque aunque algunos no lo crean, él piensa. Y siente. Empieza a oírse un clamor y mucho jaleo. Un ruido de mecanismos y, de repente, una luz cegadora. Él no ve muy bien, pero sale a toda prisa creyendo que en cualquier sitio estará mejor que en ese agujero. Se topa con la figura de una persona portando una especie de manta y algunas banderillas. Brilla mucho y lo primero que hace es ir a por él. La gente, embravecida, chilla y corea el nombre del torero.

Pasan los minutos, interminables y angustiosos.

Pañuelos blancos por doquier. El torero ha hecho una buena faena. Mientras se prepara para su golpe final, él ya no puede más. Su propio cuerpo es una losa que no puede resistir, y sus patas se hincan en el suelo, alzando una gran polvareda. Agotado, observa como su propia sangre tiñe el albero. No sabe muy bien de dónde le brota, pero su vista empieza nublarse. Tiene el tiempo justo de observar cómo el torero, su verdugo, se acerca con una espada gigante. Por favor, hazlo rápido, no falles. Acaba con esto. Una lágrima humedece su pelaje negro y muere en su hocico. De fondo, se oyen vítores y alabanzas.

Se produce la estocada final del torero. Una estocada en el alma. El público se vuelve loco. Todos gritan "¡Olé, Olé!", mientras se lo llevan a él, todavía moribundo, al matadero. Su sangre forma un camino. Es oscura y en cada una de sus gotas permanece el recuerdo de sus días en la dehesa, bajo la sombra de un árbol. Porque aunque algunos no lo crean, ellos tienen recuerdos.

El ambiente empieza a tranquilizarse, aunque el olor a muerte y a sangre oxidándose invade toda la atmósfera.


Y eso que todavía faltan cinco toros.


M.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Carta a los Nadie

Soy una joven de 24 años. Tengo una licenciatura, un máster y hablo tres idiomas, sin contar el español. Estoy cansada. cansada de no recibir ninguna oportunidad, de que no se confíe en mi, de no tener posibilidades.
Lo peor de todo es que no soy al única; miles de jóvenes se sienten como yo.
Me entristece y me inquieta hallarme en una situación creada por los mal llamados profesionales, por esas personas que, de forma consciente o no, conspiran y trapichean con las ilusiones y el futuro de todos nosotros. Esos mal llamados profesionales son los políticos.
Estoy cansada de discutir si ha sido la izquierda o la derecha la causante de esta situación. A mi juicio, todos son culpables del asesinato de la democracia. Todos, sin excepción, tienen las manos manchadas de sangre. La política es, a día de hoy, una mera cuestión especulativa donde se trafica con nuestros sueños. Gracias a ellos, cada día me hallo más lejos de ejercer mi profesión.

Yo soy profesora de Historia.

No es que haya ejercido mucho (no me han dejado), pero así lo siento en mis entrañas y para ello me he formado durante seis años.
Hace unos días tuve la desgracia de escuchar los improperios de un periodista de la cadena Intereconomía. Afirmaba que Miguel de Unamuno, Antonio Machado y José Ortega y Gasset, todos ellos profesores, no habrían salido a la calle cacerola en mano, dando y grito y portando pancartas con una pésima sintaxis. Que aquellos que lo hacían estos días eran "gilipollas". Pues yo, señor periodista, me sumo a esta "gilipollez" (prosiguiendo con su lenguaje de más que dudoso gusto). No soy ninguna "perroflauta", ni analfabeta, ni formo parte de ningún sindicato ni partido político. Sólo soy una profesora condenada a formar parte de las lista de interinos sin plazas ad eternum.
PP, PSOE, IU, CIU, UPyD, PSM, PNV y demás partidos autonómicos que olvido nombrar en esta lista: ustedes son los culpables de que yo me deprima con más facilidad, de que me amargue y me enfade. Me siento frustrada y desengañada. Ustedes tienen la culpa de que miles de jóvenes tengamos que aceptar que no hay perspectivas de mejora por el momento. Debería darles vergüenza salir cada día a la calle cuando saben, y todos sabemos, que no están haciendo absolutamente nada por nosotros. Deberían agachar la cabeza cada vez que ven en televisión las cifras del paro. Si tuvieran un mínimo de dignidad, dimitirían todos. En masa.
Yo aborrezco a la izquierda, me asusta la derecha, me hartan los socialistas y no estoy afiliada a ningún sindicato. Sólo soy una ciudadana sobradamente preparada y lamentablemente indignada. Detesto la política y les detesto a todos ustedes.
Ustedes, los Nadie, porque no son más que especuladores, no son quién para privarme de mis ilusiones. Sé que me costará mucho y deberé hacer enormes sacrificios, pero pueden tener por seguro que, pese a ustedes, pienso ser feliz.



Macarena Llull Molina.



P.D.: mi apoyo a todos los profesores que están saliendo a la calle, no para defender sus intereses, sino para defender los de los niños y jóvenes que, a este paso, van a heredar un país mediocre y nefasto

jueves, 1 de septiembre de 2011

Crisis y educación, o educación en crisis

La señora Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha enviado recientemente una carta a todo el personal docente de los institutos instándoles a que deben "trabajar más" porque las circunstancias son "especialmente graves" (podéis consultar la noticia en el enlace http://www.elpais.com/articulo/madrid/significado/horas/lectivas/elpepiespmad/20110831elpmad_2/Tes y también en http://www.elpais.com/articulo/madrid/directores/institutos/tendran/prescindir/2500/profesores/elpepuespmad/20110708elpmad_1/Tes)

Sin embargo, la situación va más allá de una sola comunidad autónoma del gobierno de un color u otro. La crisis está amenazando con afectar a la educación a nivel nacional: interinos despedidos, paralización de los procesos de contratación, profesores en plantilla que deben hacer más horas, recorte del horario lectivo de los alumnos, cese de los planes de renovación de los centros (ordenadores, infraestructuras, etc)... Esto es sólo una breve muestra del nubarrón que amenaza a nuestro ya maltrecho y vulgar sistema educativo. Nos hallamos a la cola de Europa en educación; somos uno de los países con peores resultados, con peores salidas para nuestros estudiantes y con unos índices de abandono de echarse a llorar. Aún hay otra característica más que añadir y que nos diferencia del resto de la Unión Europea: la mayor parte de países ha evitado llevar a cabo recortes en educación y, si han tenido que hacerlo, ha sido los menos posibles. Se considera que la educación es un pilar fundamental para formar a futuros ciudadanos y puede ser, incluso, una manera de invertir en la salida de la crisis y asegurar un futuro sólido para el país. Sin embargo, en España parece ser que la educación es un elemento completamente secundario, modificable y "pisoteable"; no sólo es el foco de discusión entre partidos o la excusa para atacar al contrario, sino que supone el campo principal sobre el cual los políticos pueden abocar su incompetencia alegando que "la situación está muy mal". Nos quejamos de los malos resultados de nuestros alumnos y alumnas, pero son ellos los primeros en sufrir las consecuencias de las malas gestiones. Si una de las primeras medidas que toma un país para salir de la crisis es recortar la educación, eso demuestra la poca importancia que éste le da al futuro de sus jóvenes y su indiferencia ante los alarmantes y crecientes problemas del sistema educativo.

Si el gobierno de un país no valora ni se preocupa por el futuro y la educación de sus propios ciudadanos, ¿quién lo va a hacer?

M.