lunes, 14 de marzo de 2011

Juventud.



Había pasado tiempo. Mucho tiempo. Sus risas histéricas, las bromas sin sentido y la ansiedad en la parada del autobús habían dado paso a la calma y la estabilidad. El mundo había cambiado y había adquirido pleno sentido. Antes no se entendía nada, y vivía cada minuto con la total seguridad de que la vida se abría paso ante ella como una aventura vertiginosa.
Qué tiempos más preciados. La amistad, las salidas por la ciudad sin saber muy bien a dónde dirigirse, los cines de los sábados por la tarde. Celos adolescentes sufridos en silencio, incontinencia verbal, emoticonos por doquier.

Qué tiempos más preciados.

Ahora Ella ha encontrado al amor de su vida. Las cosas siguen su curso, pero ha pasado demasiado tiempo. A pesar de todo, siempre recordaba los viejos tiempos.


Camina con la luz de sol pegándole de cara, y una brisa invernal que le cala hasta los huesos. Antes se habría pasado horas hurgando en el armario para ponerse algo que le sentara realmente bien (o al menos eso pensaba Ella). Ahora, unos vaqueros desgastados y una camiseta son más que suficientes. Por mucho que digan, a la hora de la verdad la vida no te va a juzgar por tu indumentaria.
Plateándose todo lo que pasa ante sus ojos, criticando las noticias y protestando por todo. Su aliento, que antes olía a piruleta y a chicle de fresa Boomer, ahora huele a café ecológico y chocolate negro. Así es ahora Ella. Pero aún almacena ese poso de dulzura de aquellos años pasados. Sus ojos todavía conservan el brillito de la ilusión por las cosas. De hecho, todavía camina con las viejas zapatillas que se compró por aquel entonces y que tanto le gustaron.
Ya ha acabado su carrera y está a punto de encontrar un trabajo. "El tiempo vuela", piensa Ella. Sin embargo, la nostalgia y la melancolía no invaden su alma, sino que revolotean en su cabeza y al poco se marchan.

Cuando cruza la calle, ve a dos chicas de unos quince o dieciséis años en el otro extremos de la acera. Sonríen y cuchichean, se pasan un teléfono móvil; parece ser que leen un mensaje de texto, probablemente lleno de abreviaturas y emoticonos. Risas histéricas, bromas sin sentido y ansiedad en la parada del autobús.


Al fin y al cabo, yo tampoco era tan diferente a ellas.


M.

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