jueves, 31 de marzo de 2011

Indígnate

Stéphane Hessel nació en Alemania en 1917, pero siendo muy pequeño fue a vivir a Francia. Normaliène, fue alumno de Hegel y conoció a Jean-Paul Sartre. Como miembro de la Resistencia, luchó en la II Guerra Mundial y fue prisionero del campo de concentración de Buchenwald. A pesar de todo ello, aún tuvo fuerzas para ser uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De hecho, es el último redactor vivo hoy en día.
Su vida ha estado marcada por la lucha contra las desigualdades y los derechos básicos del hombre. Es, por tanto, el más indicado para decir que el mundo tiene serios problemas y que está en nuestras manos protestar para que se solucionen. Indignaos es el resultado de esta reflexión.
La novela histórica, los libros de ciencia-ficción o los de fantasía son geniales, pero también es necesario y básico hablar de este tipo de libros. No todos los días una persona de 93 años escribe un mensaje tan claro y tan directo a la juventud: levántate y protesta. Hay muchas cosas por las que quejarse. Demasiadas. Debemos salir de nuestro tedio, ir a la calle y alzar la voz todos juntos. Como dice Hessel en su obra, la peor actitud es la indiferencia. Si nos quedamos sentados en la comodidad de nuestro sofá, haciendo nuestras cosas, ajenos al mundo y a la realidad que nos rodea, estaremos pisoteando todos nuestros derechos y menospreciando la lucha de aquellos hombres como Hessel, muchos de los cuales dieron su vida por la libertad de las sociedades del mundo.
Ahora muchos de esos derechos están en peligro, y nos vemos condenados a seguir los dictámenes de unos poderes abstractos. Los Estados parecen seres incorpóreos, lejos de nuestro alcance, como si fueran divinos.
Alguien me dijo una vez que los mercados eran cuatro tíos gordos fumando puros, viendo como las vidas de las personas se van al traste mientras ellos ingresan dinero en sus hermosos paraísos fiscales.

Nosotros no somos números, somos personas. Si queréis más argumentos para salir a la calle, leed este libroUna última cita de Hessel para cerrar esta entrada:

A aquellos que harán el siglo XXI, les decimos, con todo nuestro afecto:

Crear es resistir.
Resistir es crear.


Merci beaucoup, Hessel, pour ce livre. C'est le message que le monde nécessite pur changer. Je m'indignerai.
C'est mon devoir.


M.

domingo, 27 de marzo de 2011










What if everything around you
Isn't quite as it seems?
What if all the world you think you know
Is an elaborate dream?
And if you look at your reflection
Is it all you wanted to be?

NIN


Una vez oí que los actos que cometíamos, buenos o malos, nos serían revertidos en el futuro. Esa sandez me parecía obra de algún advenedizo loco, de esos que van cargados de amuletos y baratijas a todas partes e invoca a no se sabe qué dioses cuando ve por alguna parte signos de malos presagios. Cuando veía a alguno de estos personajes me ardían los sesos por decirle "Eh, perdona, ¿no ves lo que soy? ¿Acaso crees que me importan los malos presagios?"

Ahora lo sigo pensando, pero de otro modo. Es difícil no pensar en una condena cuando tu única alternativa a la vida es pasear bajo la luz de la luna y alimentarte de sangre.

Pero soy lo que soy.


Es mi naturaleza.



Atrás quedaron las dudas, los remordimientos de conciencia, la pena y las ganas de lanzarme al sol. Enterré en un hoyo bien profundo todo ese pasado que aún me anclaba a algún resquicio de humanidad que podía permanecer en mi alma. Allí se han quedado todos mis amigos y conocidos, mis deseos, mis metas. Mi amor...

Es como despertar de un sueño para ir a parar a una pesadilla.

¿Quién dijo que es agradable? ¿Quién pensó que podría ser divertido? ¿Cómo puede creerse que la inmortalidad es un regalo?

¿Cómo va a ser bueno no morirse nunca?

No voy a escribir mis reflexiones en un libro para la posteridad, ni voy recopilar mi vida en cajas para que mis vivencias sean relatadas. Soy un vampiro, no Charles Dickens.
¿Cuál será mi próximo movimiento? Tengo amigos, gente en quien confiar. Con Arkan como nuevo líder todos mis miedos deberían haberse disipado, pero hay algo que me dice que no debo tener tan buenos pensamientos. Espero y deseo equivocarme, pero a quién quiero engañar...


Un depredador nunca se equivoca.



M.


lunes, 14 de marzo de 2011

Juventud.



Había pasado tiempo. Mucho tiempo. Sus risas histéricas, las bromas sin sentido y la ansiedad en la parada del autobús habían dado paso a la calma y la estabilidad. El mundo había cambiado y había adquirido pleno sentido. Antes no se entendía nada, y vivía cada minuto con la total seguridad de que la vida se abría paso ante ella como una aventura vertiginosa.
Qué tiempos más preciados. La amistad, las salidas por la ciudad sin saber muy bien a dónde dirigirse, los cines de los sábados por la tarde. Celos adolescentes sufridos en silencio, incontinencia verbal, emoticonos por doquier.

Qué tiempos más preciados.

Ahora Ella ha encontrado al amor de su vida. Las cosas siguen su curso, pero ha pasado demasiado tiempo. A pesar de todo, siempre recordaba los viejos tiempos.


Camina con la luz de sol pegándole de cara, y una brisa invernal que le cala hasta los huesos. Antes se habría pasado horas hurgando en el armario para ponerse algo que le sentara realmente bien (o al menos eso pensaba Ella). Ahora, unos vaqueros desgastados y una camiseta son más que suficientes. Por mucho que digan, a la hora de la verdad la vida no te va a juzgar por tu indumentaria.
Plateándose todo lo que pasa ante sus ojos, criticando las noticias y protestando por todo. Su aliento, que antes olía a piruleta y a chicle de fresa Boomer, ahora huele a café ecológico y chocolate negro. Así es ahora Ella. Pero aún almacena ese poso de dulzura de aquellos años pasados. Sus ojos todavía conservan el brillito de la ilusión por las cosas. De hecho, todavía camina con las viejas zapatillas que se compró por aquel entonces y que tanto le gustaron.
Ya ha acabado su carrera y está a punto de encontrar un trabajo. "El tiempo vuela", piensa Ella. Sin embargo, la nostalgia y la melancolía no invaden su alma, sino que revolotean en su cabeza y al poco se marchan.

Cuando cruza la calle, ve a dos chicas de unos quince o dieciséis años en el otro extremos de la acera. Sonríen y cuchichean, se pasan un teléfono móvil; parece ser que leen un mensaje de texto, probablemente lleno de abreviaturas y emoticonos. Risas histéricas, bromas sin sentido y ansiedad en la parada del autobús.


Al fin y al cabo, yo tampoco era tan diferente a ellas.


M.