lunes, 15 de noviembre de 2010

poesía prosaica (y no prosa poética)

A veces, cuando miro el cielo y llueve, tengo miedo. No miedo a los elementos, sino miedo a las personas, a los sentimientos, a no ser capaz de controlar lo que siento. Hace mucho llegué a la conclusión de no medirme y excederme, no acotarme. Pero todo eso deja de tener sentido cuando miro al cielo y veo que llueve a la vez que luce el sol.

Contracciones.

Todos somos contradictorios. Ninguno de nosotros es un ser perfectamente racional, sólo que no todos lo aceptan. Y fuera, mientras llueve y luce el sol, nos peleamos por cosas insignificantes, nimiedades, absurdeces. El mundo gira y nosotros nos empeñamos en enrocarnos en un mismo lugar y no variar nuestra postura.

Y así el mundo gira más despacio. Nada avanza. Nuestro orgullo no nos hace ser más fuertes, sino que nos debilita aún más.

Más vale un abrazo a tiempo que una malsonancia a destiempo.

Qué pena no poder sentir con mis manos esos sentimientos que me invaden cuando la amargura me visita. Mala compañera, me agria el café de las mañanas y le quita el sabor a mis comidas. No la quiero, pero a veces viene a verme. Y cuando me asomo por la ventana y la observo caminando hacia mi casa, dan ganas de esconderse bajo las sábanas y no salir en unos días. Sin embargo, echarla no es difícil: cuando todo resulte demasiado complejo como para poder respirar libremente, coge aire, piensa en todas las cosas bonitas que tengas en la vida y no dejes que te abrumen los malos pensamientos.

Luego actúa, pero no antes. Así nos libraremos del equipaje pesado, y le mundo girará más deprisa.

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