martes, 10 de agosto de 2010

Amantes

En los días de verano, en los que el calor apenas deja pensar ni respirar, el amor fluye y se hace tan espeso que podría tocarse con las yemas de los dedos. El tiempo, ocioso, acaricia los rostros de los enamorados y se hace más lento, para que estos puedan dedicarse el uno al otro.

De entre todos ellos, destaca una pareja en especial. Pueden vivir en cualquier ciudad del mundo y tiene la fortuna de poseer una hermosa juventud. Cuando ambos salen, juntos, a la calle, el cielo parece volverse más claro, y el ritmo de las cosas se ralentiza para que la naturaleza pueda observarlos con ternura. Sus miradas se recitan palabras de amor y no precisan del lenguaje para poder comunicarse.

No importa que sea de noche para que se demuestren su amor; bien dicen los sabios que el placer de saberse amado es propicio a cualquier hora del día. Así, el amante se acerca lentamente a su amada; su dormitorio es un santuario que huele a almizcle, vainilla y miel. Se tocan sin tocarse, se acarician ambos sin tan siquiera rozarse. ¡Cuán extraños estos vocablos para el común de los mortales! No así para ellos, que en lo que tarda en suspirar una mariposa tras salir de la crisálida se hallan desnudos y abrazados, iniciando ya la danza infinita, sin control alguno sobre sus respectivas mentes. Sus almas vuelan veloces en busca de aquello que no se encuentra en el mundo palpable: el amor por sí mismo.

El amante, en su lenta cadencia, recita a su amada un je t’aime silencioso, unas frases que nadie más podría oír: “te deseo”, “eres mía”, “nunca te voy a dejar”. Ella, en una locura obsesiva por fundirse y no quedar más que sus sensaciones sobre las sábanas, se agarra con fuerza a unas cuerdas invisibles, que le atan suave y dulcemente al yugo de ese placer que todas personas buscamos. No es un placer sucio; por mal camino anda el que ve el que ve suciedad en este tipo de actos. ¡Es el placer de amarse hasta la extenuación!

En pleno éxtasis, ambos se miran. Se contemplan el uno en los ojos del otro. La fusión se ha completado; los cuerpos se han intercambiado en un universo en el que los sexos ya no son esenciales.

El aroma de la habitación cambia.

Sudor.

Dulzor.

La humedad del estío.

El silencio mismo huele a algo.

Ahora todo queda revuelto; una mano por aquí, un brazo por allá. Unos cabellos revueltos que precisan urgentemente de un cepillado. Unos corazones que laten al unísono en un viaje que se inició hace mucho tiempo.

Alguien o algo, desde las alturas, los bendice. Una especie de dios que sonríe les envuelve y les acoge entre sus brazos. No es el Dios cristiano, ni tampoco uno pagano; las religiones no entienden de la esencia de las cosas.

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