martes, 27 de julio de 2010

Sueños




La brisa que sopla en esta tarde de verano huele a almizcle, a cerezas maduras, a caramelos de anís. Es una brisa pesada, cargada de bochorno, pero que acerca a mi rostro los dulces recuerdos de fiestas pasadas, de amores inconclusos y besos que no llegaron a darse por miedo a finalizar una historia demasiado hermosa. Vienen a mi memoria los días de juego en el campo, en los que construía con hojas secas una barquita con un pequeño muñeco sobre ella, y la lanzaba al estanque, esperando verla al final del recorrido. Soñaba que era una princesa, y con mi vestido al viento saltaba y saltaba entre los naranjos, imaginando que mi príncipe llegaría a caballo en cualquier momento. Yo, resuelta a marcharme junto a él, me peinaba con mis diminutas manos y me pellizcaba los mofletes para que adquirieran el color sonrosado del cielo cuando el sol se esconde. Mi madre me daba la merienda, que solía consistir en galletas de chocolate caseras y un buen tazón de leche, y luego volvía a danzar con los árboles, como si me hallara en un baile de máscaras.
Las jornadas en las que no estaba en el campo las pasaba en la playa, haciendo castillos de arena y zambulléndome en el mar. Cuando notaba que me había sumergido por completo, imaginaba que estaba a punto de encontrar una ciudad perdida, una especie de reino subacuático. El monarca me recibiría con grandes honores, y allí haría amigos muy especiales.

Cierro la ventana. La brisa que sopla empieza a tornarse fría y la noche cae como las mantas pesadas y gruesas que usaba en invierno.


Puede que las cosas hayan experimentado cambios desde que fui niña hasta ahora, pero la vida me sigue pareciendo tan adaptable a uno mismo como los propios sueños.

Miro en mi interior.


Yo soy la reina de mi patria, una patria sin banderas, color ni religión.
Sigo mis propios pasos, nada me detiene, salvo el sufrimiento y el dolor.
En mi patria se respira vainilla, mora y fruta de la pasión.
Mi patria es muy hermosa,
porque mi patria es el amor.


M.

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