domingo, 11 de julio de 2010

Camina, camina. No dejes que nada te lo impida.
Con paso ligero, sin mirar atrás.
Camina, camina.
La brisa es tu única compañera. Nadie más te sigue.
Camina, camina.


Las palabras repiqueteaban en su cabeza sin cesar, como las campanas de la iglesia en una mañana soleada de misa. Jovencitas con sus mantoncillos. Parecen recatadas, pero buscan con su mirada al hombre que les levante las enaguas y les adentre en las artes del placer, ahora prohibido pero soñado para ellas. Muchas de esas mañanas él se había paseado entre ellas. Jugaba a observarlas, a seducirlas. Habría conseguido a la que hubiera querido, pero era demasiado fácil. Lo fácil es aburido.

Sus pasos decididos provocan el roce del terciopelo de su traje. Es como una dulce melodía que le recuerda al sonido que provocaban los vestidos de seda de sus amantes cuando resbalaban por su piel. Le gustaba verlas desnudas, blancas e incorruptibles antes de dejar derramar su sangre. Eran como un lienzo un momento antes de deslizar el pincel. Eran tan hermosas y tan frágiles...
Cuando todo eso se acababa su interior parecía vaciarse. Era paradójico; mientras por sus venas circulaba el líquido de la vida, que le renovaba por completo, su alma quedaba huérfana, carente de intereses. Pocas cosas había que se satisficieran.

La ciudad se había convertido en un lugar muy decadente para vivir. Toda clase de vicios se agolpaban en cualquier esquina de las calles. La perversión y la indecencia se iban de la mano por la noche a pasear. Ellas eran las rameras de aquellos hombres que no esperan nada emocionante de sus tristes y aburridas vidas. Tomando el control de una mujer, poseyéndola, creían poseer el mundo. Pero ni eso tenían; el opio les había hecho perder toda conciencia de la realidad. Cuando despertaban de su vulgar sueño, la rutina diaria les parecía más burda todavía.

"Qué absurdo todo", pensaba, mientras el cielo se iba tiñendo de negro y pequeñas estrellas empezaban a resplandecer. Todo cuanto veía le parecía una especie de villa en miniatura. Le daba la sensación de poder aplastar las casas bajo sus pies, coger con una sola mano a sus habitantes y jugar con ellos antes de devorarlos, como el gato y el ratón. Incluso esos pensamientos le parecían soberanamente aburridos.

Mientras paseaba notaba cómo le contemplaban. No le gustaba del todo sentirse observado, pero la curiosidad y admiración de los mortales le alimentaban el ego; pronto le alimentarían de una forma mucho más prosaica...


M.

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