miércoles, 14 de abril de 2010

Descansa en paz. John Ajvide Lindqvist


Descansa en Paz es otro de los títulos de John Ajvide Lindqvist (autor de Déjame entrar). Aunque el libro salió en Suecia en el año 2005, no ha sido hasta el mes pasado cuando ha llegado a nuestro país.

(¡ATENCIÓN! SPOILER. Esta entrada, aunque no desvela el final de la novela, puede destriparte detalles interesantes de la misma. Estás avisado/a...)

Suecia, mes de agosto. Al calor agobiante propio del verano se une el desconcierto por no poder apagar ninguno de los aparatos de electricidad que se encienden. La tensión eléctrica es insostenible, las personas no pueden soportar el dolor de cabeza. De repente, como si alguien hubiera apretado un botón, la tensión cesa. El dolor de cabeza remite y todo vuelve a una calma pasmosa. Demasiada tranquilidad. Entonces, empiezan a llegar los avisos: desde todas partes del país los muertos se están levantando. Tan sólo se levantan los que llevan muertos dos meses o menos. ¿Qué quieren? Por lo visto, salen de los depósitos de cadáveres y de sus tumbas en dirección a sus hogares.

He leído el libro en apenas tres días. No lo digo con la intención de ser presuntuosa, sino con la intención de decir que engancha increíblemente. Las primeras páginas son muy explícitas. El autor no se corta a la hora de entrar en detalles acerca de las condiciones físicas de los fallecidos que han despertado (o "redivivos", como aparecen en la historia). Tampoco se queda corto a la hora de explicar ciertos procesos de putrefacción, o cómo está un cuerpo cuando se exhuma después de dos meses bajo tierra. Ése no es sólo el "problema". Las dificultades para leer esos fragmentos aumentan cuando se habla de esos procesos en los niños. Describir cómo un niño de nueve o diez años está putrefacto no es tan sólo asqueroso, sino también agobiante; llena de amargura. Amargura, ése es el adjetivo. En la primera mitad del libro, la amargura lo impregna todo. Ves a la muerte, puedes palparla. El autor te da la oportunidad de oler los sudarios del depósito de cadáveres, te ayuda a reproducir la sensación que tendrías si te encontraras con un redivivo, y no con uno cualquiera: tu madre, tu abuelo, tu mujer, tu hijo. Es realmente impresionante cómo el autor es capaz de expresar ese mundo de sentimientos. Al leer esas líneas uno siente agobio, amargura, depresión. Uno siente las mismas ganas que los personajes de beber vino hasta perder el sentido, o de desaparecer, únicamente con la compañía de una mochila. Esta parte del libro dan ganas de llorar profunda y realmente. Es un reflejo de la muerte perfecto.
La segunda parte deja casi de forma cortante las descripciones de putrefacciones, descomposiciones y derivados y se centra en la acción. La acción se define claramente. Lo que no se aprecia con tanta claridad son las emociones de los personajes. Éstas se insinúan, el autor apenas da una pincelada a los sentimientos y poco a poco el lector se los va encontrando. Lo chocante es que no sólo se insinúan los sentimientos de los vivos, sino también de los redivivos, los que han muerto y se han despertado. Es en esta parte donde se empieza a entrever la razón por las cual se han levantado, y cuando uno lo lee no siente miedo ni sorpresa, sino una compasión y una tristeza muy grandes. Porque parece muy real. Porque podría suceder. Porque la gente, en vida, tiene ese miedo.

Para finalizar, unos últimos puntos. El autor refleja una sociedad que no se asusta porque los muertos se despierten y caminen. Se asustan porque ese hecho trastocará los cimientos de su propia existencia. Somos los únicos seres vivos conscientes de nuestra muerte. Si ésta se ha superado, ¿qué queda ahora?
Una vez que el ser humano ha superado el estupor de ver a los muertos volver a la vida, vuelven a caer en el error que tantas y tantas veces le ha pasado factura: creerse el superior, creerse más que el resto. Así, los habitantes de las diversas regiones empiezan a encerrar a los redivivos y hacer experimentos con ellos, sin pensar que la respuesta es mucho más esencial de lo que creen. Sin saber que se están maltratando a ellos mismos.
El autor no recurre a lugares imaginarios, ni se inventa nombres, ni deforma topónimos. La acción transcurre en su país, en su ciudad y en su barrio, por donde tantas veces ha paseado. Un homenaje precioso a su tierra.


M.

1 comentario:

Cristina Puig dijo...

Hola,

No puedo creer que ya lo hayas acabado maquinón:)Sin duda es un libro que caerá en mis manos en breve. Por lo que dices el tratamiento que el autor hace del tema de la muerte; las sensaciones que transmite etc.. tiene que ser brutal. Me temo que este sábado cae:)

Un saludo BU!