lunes, 29 de marzo de 2010









Te sueño, te siento a cada instante, en cada esquina que tuerzo en la calle.

Tu respiración me calma, tu piel es mi refugio para el miedo.

Di esas palabras que tanto anhelo, pronuncia mi nombre.

No me abandones, no me gustará el mundo sin ti.



Esas frases se repetían incesantemente en su cabeza, una y otra vez. A pesar de estar en medio de la ciudad, tan sólo podía oír el roce de sus pantalones de cuero, la caricia de las gruesas suelas de sus botas en el pavimento. El viento resbalaba en su rostro, separando delicadamente algunos mechones de pelo negro. Mirada perdida.

Dirección a la nada.


No sabía por qué tenían esas palabras en su mente. Le aturdían hasta el punto de sumirlo en un profundo aislamiento. Se sentía como una caja de cristal. Veía el mundo, pero no lo oía. Estaba a unos centímetros escasos de la realidad, pero no podía tocarla. ¿Tal vez fuera por ella?

Había conocido a muchas personas a lo largo de su vida, a muchas mujeres.


Pero ninguna como ella.


Su pelo largo, sus ojos... ¿Qué era?

Él era un tipo duro, de los que llevaban gabardinas negras, pantalones negros y zapatos negros. Todo negro. Sus gafas, también negras, ocultaban unos pequeños ojos vivarachos que a todas horas miraban con curiosidad a su alrededor y buscaban algo que le alegraran el día: un niño especialmente mono, un perrito encantador, un coche o un buen escote. No hay que olvidar que era un tipo muy, muy duro.


Pero ahora había perdido todo sentido de la razón.


Llegó por fin a su moto, se subió en ella y la arrancó. Sintió cómo lo saludaba con su intenso y pausado ronroneó, que se convirtió en rugido en cuanto él le dio más gas. Su moto, sí, su moto iba a darle la paz que necesitaba. Un paseo en moto es lo mejor para dejar las ideas atrás.
Antes de partir, se puso el casco y los guantes, se retiró la gabardina para que no le molestara y miró de soslayo a la gente que pasaba.

¿Acaso esperaba cruzarse con ella?


Si la hubiera visto, le hubiera invitado a subirse, y habrían marchado a algún lugar lejos de toda aquella mierda. Pero aún así él la llevaba consigo, y no conseguía deshacerse de su imagen, cada vez más nítida en su cabeza.


Por la autopista, se sintió libre. La gabardina ondeaba al viento, y sólo estaba concentrado en la carretera. Sin embargo los pensamientos le abordaban. Recordaba una frase que ella le dijo la última vez que se vieron:


"Ahora estamos juntos en esto"


No sabía a qué se refería, pero cada vez le gustaba más. Incluso se había sorprendido alguna vez pronunciándola en voz baja. Le gustaba más escucharla de ella. Se había labrado su propio sentido, pensando que tal vez era una frase simbólica. Le agradaba imaginar que con esas palabras ella compartía sus ideas, su vida. La palabra "ahora" le provocaba especiales escalofríos.


Ahora era ahora. No dentro de un rato, ni mañana, ni en un año. Ahora, en ese mismo y preciso instante.


Las luces que proyectaban las farolas se convertían en ráfagas a medida que aumentaba la velocidad. El aire olía a humedad, a tabaco, a cosas sucias. Había decidido ir a casa en vez de presentarse en el bar de siempre a pedirse algo fuerte.


Tal vez se había cansado de ser un tipo duro.


M.



P.D.: para la persona en quien llevo pensando hace mucho tiempo sin saberlo.

Te ailovyu.


(¡Continuará!)

1 comentario:

Blonde Redhead dijo...

No se xq me siento ligeramente identificada con el hombre de la gabardina negra.

Esperaré la continuación a ver que pasa...

Un besito desde la otra roca volcánica
:)