domingo, 21 de febrero de 2010

La gente suele pedir favores, peticiones más o menos importantes. Muchas veces no lo hacemos por esas personas, sino por nosotros mismos. En ese caso, el motivo deja de ser importante; la razón es la que nosotros escogemos. Es en esos momentos cuando nos hacemos el favor a nosotros mismos. Se trata de una cuestión de supervivencia, de dejar fluir la energía y arrancar de raíz la negatividad que nos ha infringido dolor. No se trata de perdonar o ayudar a nadie, sino de evitar que las partículas de aire nocivas se enquisten en nuestra alma. Las cosas deben zanjarse; es cuestión de karma.

Otras veces, las personas nos piden favores para otra gente. A menudo no lo hacemos por ayudar a la tercera persona, sino por aquella que nos lo ha pedido. Es una manera de abrazar, de decir
estoy aquí pase lo que pase. Eso es muy importante. El amor por alguien pasa por hacer ese tipo de favores. Puede que lo que te pidan no te guste o no creas en ello. Cuando ese amor es cierto, el favor que te pidan no será destructivo ni te obligará a tomar decisiones irreversibles. Además, en el fondo te resultará molesto, pero al ver los ojos de la otra persona entenderás que así tú también serás feliz. En un amor verdadero, los favores tienen pleno sentido.

M.

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