lunes, 22 de febrero de 2010

Tutankhamon: malaria, ADN y otros misterios


Hace unos días pudimos leer en los periódicos y ver en los telediarios la gran revelación, aquello que amantes del Antiguo Egipto tanto esperábamos: los resultados de los análisis de ADN de la momia de Tutankhamon. Según los expertos, el joven rey no murió asesinado, sino de malaria o paludismo, combinada con severos problemas óseos como el mal de Kohler. Ello explica los alrededor de ciento cincuenta bastones que se hallaron en su cámara mortuoria. La salud enfermiza del joven faraón podría tener que ver con la consanguinidad de su antecesores. Aquí viene la segunda parte de la historia. Junto con la presentación de los resultados de Tut, a cargo de Zahi Hawass, se presentó también a la prensa los resultados de ADN que relacionan al faraón niño con la KV35EL y la KV55. Todo parece apuntar a que la primera momia corresponde a la abula de Tut y madre de Akhenaton, la reina Tiye. Por tanto, estaría confirmado que efectivamente Tutankhamon era hijo del faraón monoteísta. Los interrogantes surgen con la segunda momia. Los análisis parecen demostrar que se trata de la madre de Tut, pero no es la momia de Nefertiti, puesto que el ADN señala que es hija de la reina Tiye y Amenhotep III y, por tanto, hermana de Akhenaton. Algunos investigadores han ido un poco más allá y no han dudado en afirmar que, puesto que los análisis no son del todo concluyentes (cosa cierta, tratándose de relaciones de parentesco), podría incluso ser una hija de Akhenaton. La incógnita sobre la identidad de la madre del joven faraón está servida. Sin embargo, hay que ser prudentes y no dejarse llevar por ínfulas de misterio y ensoñaciones que pueden generar estos interrogantes. Mi opinión, tras ver la presentación de los resultados y leer las noticias, es algo crítica. Se ha dicho que a pesar de resolverse la duda sobre las causas de la muerte de Tut, el misterio no se ha perdido. Se han mantenido a lo largo de los años muchas hipótesis acerca de esta muerte: asesinato, lucha por el poder y el acceso al trono, el extraño papel del sacerdote y consejero Ay... Era necesario, y mucho, acabar con estas posibilidades. La gente conoce a Tutankhamon por su famosa maldición o por su supuesto asesinato, cuando es un faraón que en realidad no destacó demasiado durante su reinado. Dejemos de alimentar misterios inexistentes y de ver programas en la televisión que sobrepasan lo comercial y accesible para dar una imagen casi amarilla de la Historia. Respecto a la madre de Tut, la respuesta sigue en el aire. Tendremos que esperar, bien a que las analíticas sean más precisas, bien a que se encuentre la momia de la verdadera Nefertiti. La perspectiva, lejos del morbo o del "misterio" que se le pretende dar, se presenta muy apetitosa para los investigadores y arqueólogos. No quiero ni imaginar cómo me sentiría yo si tuviera entre mis manos la posibilidad de saber si la madre del faraón era su hermanastra o su propia tía. Aunque dudo que cambie por completo el curso de la egiptología, como he oído decir, sí que es importante y muy emocionante.

Verdaderamente, envidio a esos profesionales.


M.

domingo, 21 de febrero de 2010

La gente suele pedir favores, peticiones más o menos importantes. Muchas veces no lo hacemos por esas personas, sino por nosotros mismos. En ese caso, el motivo deja de ser importante; la razón es la que nosotros escogemos. Es en esos momentos cuando nos hacemos el favor a nosotros mismos. Se trata de una cuestión de supervivencia, de dejar fluir la energía y arrancar de raíz la negatividad que nos ha infringido dolor. No se trata de perdonar o ayudar a nadie, sino de evitar que las partículas de aire nocivas se enquisten en nuestra alma. Las cosas deben zanjarse; es cuestión de karma.

Otras veces, las personas nos piden favores para otra gente. A menudo no lo hacemos por ayudar a la tercera persona, sino por aquella que nos lo ha pedido. Es una manera de abrazar, de decir
estoy aquí pase lo que pase. Eso es muy importante. El amor por alguien pasa por hacer ese tipo de favores. Puede que lo que te pidan no te guste o no creas en ello. Cuando ese amor es cierto, el favor que te pidan no será destructivo ni te obligará a tomar decisiones irreversibles. Además, en el fondo te resultará molesto, pero al ver los ojos de la otra persona entenderás que así tú también serás feliz. En un amor verdadero, los favores tienen pleno sentido.

M.

martes, 16 de febrero de 2010

"¿Qué es lo justo? ¿Y lo injusto?" Me preguntas mientras me miras apremiante, como si tuviera yo todas las respuestas. Lo que no sabes es que en realidad he dejado de buscarlas hace ya mucho tiempo. Todo es muy relativo. Sí, ya sé, no he descubierto nada nuevo. Eso lo dijo Einstein hace algún tiempito, pero estoy segura de que no era consciente de lo aplastante y terriblemente cierto de su afirmación.

Todo depende del cristal con que se mire.


Las verdades absolutas son tremendamente peligrosas, tanto si se pronuncian para uno mismo como hacia los demás. No nos creamos que nosotros no nos engañamos. Lo hacemos contínuamente

Siempre.


Vanos intentos de obtener valentía, falsa oscuridad en la mirada para dar aires de una soledad buscada, seguridad incierta que se desmorona al menor soplido. Todo ello puede atestiguarlo. Quien no se miente a sí mismo es aquel que no está contínuamente diciendo quién es. No lo necesita.


Luego están los gustos y las visiones variables. Lo que a uno puede parecer chachi, a la otra no, y viceversa.

Ojo, todo engaña a todo el mundo.

No hables de lo guapo que es mengano con tu novio delante. Porque sea "un tío" no quiere decir que no le moleste. Y no es gay, ni nada.

No hay chicos ni chicas, hay personas.


Fuera los clichés. Derribémoslos de un plumazo.

Desgraciadamente, aún queda bastante para eso. A la gente parece gustarle eso de encajonar cosas. Esto aquí, esto allá. Esta persona va en este lado, y a aquellos les coloco la etiqueta de esto otro. Por eso a la gente que no etiqueta me la guardo muy al fondo para que nadie más la encuentre.


Adoro el mundo, aunque parecezca un caos; yo soy la responsable de construir mis pasos, la que decide qué puede afectarle y qué no.


Como dijo el Doctor Adelaida, "me gustan las personas, no la gente"


M.

viernes, 5 de febrero de 2010





Por favor, muéstrame la calma que tanto te apacigua y dame paciencia para saber soportar esas pequeñas cosas que desquician mi alma.

Dime palabras tranquilas y suaves que acaricien mis oídos y sepan a nata y miel en mis labios.

Coge piedras de la playa, esas tan baqueteadas por las olas, e introdúcelas en mis bolsillos, para que ni el más huracanado de los vientos me transporte lejos.



Demuéstrame que, aunque el mundo se volviera cuerdo, nosotros seguiríamos igual de locos.


M.