jueves, 17 de diciembre de 2009

La odalisca de Constantinopla





Poco a poco las luces de la ciudad se van apagando. Tan sólo algunas antorchas iluminan los rincones más oscuros, y las calles parecen sinuosas criaturas serpenteando en medio de la noche.
A la luz de la luna, los edificios se elevan amenazantes, mostrando unos rostros desconocidos durante el día. El cielo es un manto de lana, y las estrellas son los lunares de un velo infinito.
Así caminaba ella por la urbe, con la seguridad de conocer cada uno de sus recovecos. Sabía que allí se escondía lo mejor y lo peor de la raza humana, y más en un momento del día en el que la nocturnidad sirve de escondrijo. Sin embargo, quien bien supiera buscar podría encontrar placeres, divertimentos y personajes variopintos capaces de hacer sonreír a cualquiera. Así era Constantinopla: un lugar de contradicciones.
Se asomó a un viejo portón de madera, grande y pesado. La humareda salía danzando del recinto, entonando una danza. Parecía envolverle la cintura e invitarla a entrar, pero no era eso lo que ella quería. Aquel pequeño cuchitril albergaba a seres muy diversos. Todos compartían una misma cosa: fumar de las cachimbas de sus mesas. Absorbían el humo suave y pausadamente, para a continuación expulsarlo por sus bocas desdentadas. Muchos de ellos fumaban acompañados de alguna prostituta, que mostraba sus encantos de forma generosa, pero al mismo tiempo mecánicamente y con un deje de melancolía.
En cuanto notó que ciertas miradas se posaban sobre ella, marchó de allí a paso firme y rápido. No iba muy abrigada, y estaba empezando a notarlo; las noches de Constantinopla son muy frías, como si algún dios lanzara desde los cielos un bufido de aire helado.

Siguió caminando, aumentando la velocidad.

Cuando por fin llegó a su destino, exhaló un suspiro. Antes de introducirse en aquel ambiente que la aguardaba, miró a ambos lados de la acera, por si alguien la había seguido. Como aparentemente no era así, entró en aquel sitio.
A simple vista podía parecer un fumadero más, pero ella y los que acudían con asiduidad sabían que no era así. Al fondo había una tarima de madera rodeada de velas. Ella se introdujo en un cuartucho y salió apenas unos instantes después. Su vestimenta había cambiado: ya no llevaba esos finos pantalones, ni su camisa de manga larga. Ahora llevaba una falda hecha de múltiples velos, y su pecho se cubría por un corpiño del que colgaban numerosas monedas tintineantes, al igual que de su cintura. Sus tobillos estaban adornados por pulseras de plata, que se movían a su paso, y los dedos de sus pies descalzos portaban algún que otro anillo.

Ella iba a bailar.


Pero no era un baile cualquiera. No se trataba del baile vulgar que en ocasiones realizan las fulanas a sus clientes, no. Ella no contoneaba las caderas incitando a aquel que tenía delante, ni realizaba movimientos que se confundirían con los espasmos del acto sexual.

Ella estaba por encima de todo aquello.


Ella era la odalisca de Constantinopla.


M.


P.D.: la Revista de Arqueología del siglo XXI, cuya dirección lleva el magnífico egiptólogo Nacho Ares, va a publicarme un artículo sobre los honderos baleáricos. Saldrá en el número 345, correspondiente al mes de enero. Para mí es un grandísimo honor que esta revista me publique y desde aquí quiero darles las gracias, y especialmente a su director.

1 comentario:

Iskandar dijo...

Muy envolvente tu odalisca, y su ciudad que fácilmente se desliza por la imaginación del lector.
Enhorabuena por el artículo de la revista, ya me lo dejarás leer cuando lo tengas.

¡Un abrazo!