miércoles, 9 de septiembre de 2009

Muret, 1213









... Los caballeros franceses avanzaban lentamente por las llanuras del Languedoc, buscando la batalla. El Papa había dado su aprobación. Es más, había calificado ese enfrentamiento como cruzada necesaria contra el infiel cátaro. La Cristiandad entera estaba pendiente de sus hazañas, era hora de actuar.
Los jinetes, perfectamente pertrechados, iban a lomos de su caballo con la vista fija en el horizonte, en la guerra y en el objetivo. Aquellos albigenses iban a ser desposeídos de sus tierras y ellos, los fieles, los llamados a tomar el poder, la ocuparían.
En una colina, a apenas unos metros de la expedición, Simón de Monfort se aseguraba que todo saliera según el plan previsto. El visto bueno de su santidad, por una parte, y el pacto realizado con Pedro el Católico, por otra, le auguraban un feliz desenlace. Aunque, según sus mensajeros y las noticias recibidas, todo apuntaba a que el rey de Aragón iba a enfrentarse a él para evitar la cruzada, Simón de Monfort sabía perfectamente que no iba a romper lo pactado. Según dicho acuerdo, su hijo, Jaime, contraería matrimonio con su hija. Es más, Monfort había obtenido la custodia del joven Jaime. Claro que, teniendo el cuenta el hecho de que estaba llamado a suceder a su padre y ser rey de Aragón, Monfort no iba a cometer la locura de hacerle algún daño a ese todavía niño.
A pesar de esa ventajosa jugada, a Monfort lo que le interesaba de verdad eran las tierras que estaba a punto de conseguir. Con la excusa de una cruzada y fertientes creencias religiosas, por fin se iba a hacer con el sur de Francia, tan preciada por los reyes franceses, sobre todo en estos últimos años de intrigas y peleas con los más variados condes. Ahora la vistoria iba a ser suya.
A lo lejos comenzaba a percibirse el reducto albigense que los franceses estaban a punto de pasar por sangre y fuego. empezaba a olerse el humo de las fogatas, la chamusquina que desprende el entrechocar de las espadas. Los tambores resonaban al ritmo del paso de los caballeros, que empezaban a disminuir la velocidad. El movimiento entre los enemigos podía percibirse. Apenas alguna fortaleza, alguna defensa predecible. Simón de Monfort sonrió para sus adentros. Los tambores dejaron de sonar. Una señal suya, y sus hombres atacarían.

Se preparó para alzar el brazo.



El asedio estaba a punto de comenzar.



M.

1 comentario:

Iskandar dijo...

Ey, qué lúdica tu entrada sobre las cruzadas albiguenses (como siempre, uno aprende mucho de historia contigo) y vaya personaje el tal Monfort. He leído por internet que dejó en un pueblo a todos ciegos menos a uno que lo dejó tuerto, ¿es verdad?. Qué tio...

Pues eso, sigue ilustrándonos acerca de nuestros antepasados ;)

¡Un saludo!