miércoles, 17 de junio de 2009

Una vez, hace algunos meses, tuve una experiencia muy impactante. ¿No os ha sucedido nunca que, tocando las cosas de una persona, en silencio, habéis tenido una especie de revelación. Los surrealistas decían que esto sucedía cuando se estaba en un estado de "absoluta disponibilidad". Yo tuve esa especie de revelación hace algún tiempo. Ya no albergaba dudas de lo que estaba haciendo, pero después de eso me di cuenta de que estaba ante la oportunidad de mi vida, aquello del "ahora o nunca". La opotunidad única para ser feliz. Y vaya si lo he sido desde entonces...

Os dejo aquí un relato de lo que sentí. Lo escribí nada más vivir todo eso. A ver si os gusta.


(Dos exámenes y ya acabo 4º de carrera...)





Hay días en los que te das cuenta de muchas cosas, como si despertaras de un profundo letargo y todos tus sueños tuvieran sentido. Hay días en los que conprendes todo. Hoy es uno de ellos.
Te levantas aburrido, fastidiado sin saber muy bien por qué, y decides recorrer todos aquellos rincones que a simple vista parecen triviales y aburridos. Empiezas caminando pesadamente, arrastrando los pies; te molesta no tener nada que hacer.

Entonces empiezas a mirar los lomos de los libros y a curiosear entre los papeles. Comienza a ser interesante.

De repente, sin saber por qué ni cómo, sientes la necesidad de cerrar los ojos y pasar las páginas de aquellos libros, notando el contacto del polvo entre tus dedos, oliendo la humedad y la vejez.

Con los ojos cerrados, ves. A una persona y a una vida. Contemplas de golpe los aspectos más íntimos de su ser, aquello que ni ella misma ha visto. Además de sus inquietudes y aficiones, percibes lo que siente, aquello por lo que es capaz de llorar, y empiezas a asustarte. Aprecias que su dolor no es por cualquier motivo, y que ama y odia el mundo a partes iguales. Eres capaz de entender que, a pesar de las decepciones y heridas, esa persona puede ver un brillito de luz en la gente, identificar aquellos seres que puedan llenarle y envolverse de ellos. El cielo le resulta de un color maravilloso, y para esa persona cada día es una oportunidad más para ser feliz. Todas esas sensaciones te queman los párpados. Es la realidad más abrumadora: la esencia de una persona en sí acaba de presentarse en tu interior.

Compartir aficiones con alguien puede ser muy fácil, pero entender de un fogonazo la llama de sus emociones es algo más de lo que un alma que acaba de despertarse pueda soportar. Y lloras. Lloras porque te sientes desbordado, porque nunca antes habías podido sentir algo igual. Lloras porque tienes entre tus manos un conocimiento valiosísimo que debes preservar y no enseñárselo a nadie.

También lloras porque te has percatado de que no estás solo en el mundo. Ves que tus penas son también sentidas por otros. Que hay gente como tú que se ha sentido muy solo, incomprendido y desamparado. Como tú, esa persona necesitaba algo más que amar y ser amada; algo más que compartir cama o caminar de la mano. Esa persona, como tú, que necesitaba ser entendida. Necesitaba que fuera respetada tal y como es, sin cambios ni vacilaciones.

De repente, te sientes identificado a la perfección. Dejas de convertirte en un ser extraño y anormal, y pasas a ser una persona que por fin ha encontrado su hogar. Todo cobra ese misterioso sentido, y ves que es muy aburrido enfadarse por nada. Ahora todo ocupa su lugar en el universo y la energía fluye en ti y en las cosas como nunca.



Te sientes especial.



Y brillas.


M. 1-11-08.

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