domingo, 7 de junio de 2009

Meigas: haberlas, hailas...


Bu a todos:

Antes de proceder a escribir el post de hoy, quería hacer una pequeña introducción. He dado un pasito más en la cruzada contra las novelas mal llamadas de terror (los que me conocen ya saben a qué clase de libros me refiero). Ese paso se ha materializado hoy en forma de publicación en El País Semanal. Dicho artículo es una carta de opinión en la que escupo, pisoteo y entierro a esas innombrables historietas crepusculares y demás cuentecitos para no dormir. Mi intención era dar a conocer mi opinión al respecto, y que los que quieran se solidaricen con mi causa y si no, que me pongan a caldo. Por lo visto a los señores de El País Semanal les gustó mi incendiaria carta y la han sacado. Qué majos.
Todos aquellos que quieran saber de qué va la cosa tendrán que comprar el periódico con la revista adjunta, ya que en la web no se suben las cartas de opinión del dominical.

Bueno, una vez finalizado este apartado introductorio (implícitamente promocional, todo hay que decirlo), vamos a por las cosas serias.

Hoy voy a hablaros de Galicia.

El motivo de esta entrada es la siguiente: ayer asistí a una boda en la que el novio era gallego. Por lo tanto, un gran número de asistentes provenían de esas tierras norteñas. El acento, además de las costumbres (se hizo una buena queimada), me hicieron rememorar el tiempo que pasé allí y todo lo que aprendí y viví.
Es más que típica la idea de que Galicia es una tierra diferente y misteriosa. Al menos eso pensaba cuando, con 17 años recién cumplidos, la visité por primera vez. Al principio fueron estancias cortas, hasta que un verano pasé nada menos que un mes entero. Con una suite en un balneario, un portátil y mucho tiempo libre, me dediqué a recorrer cada rincón de ese lugar. Entre otras cosas, llevaba en mi mochila el escepticismo ante los topicazos antedichos, que me sonaban más a ideas de Friker Jiménez que a otra cosa. Sin embargo, poco a poco fui fusionándome con el lugar. Me impresionó sobremanera que en cualquier parte, ya fueran montañas, colinas, valles o prados, hubiera una pequeña aldea. Y todos los aldeanos eran increíblemente encantadores. Cada pueblo era como un carácter diferente, y todos, todos tenían historias que contar. Nunca faltaba entre sus gentes una sonrisa y una invitación a comer (por cierto, qué comida tan rica...). Así, con ojos y oídos bien abiertos y el estómago lleno, me propuse preguntar y escuchar acerca de cualquier cosa que todos quisieran contarme. Es curioso y mágico a la vez, pero los más mayores me afirmaban sin ningún atisbo de duda la veracidad de las leyendas sobre la Santa Compaña y sus salidas nocturnas. Algunos llegaron a decirme que la habían visto. Me llenaron de asombro sus expresiones de absoluto convencimiento ante aquello que me estaban contando. Yo, por supuesto, tomaba nota de todo. Sin duda, aquella época fue la más prolífica para mí en lo que a escritura de aficionada se refiere.
He hablado del campo, pero la ciudad es igual de agradable. Vigo, el núcleo que más frecuenté, me generaró sentimientos de amor-odio; montar una ciudad entre colinas no es muy esperanzador para una chica más sedentaria que otra cosa (hablo de mí, por supuesto). Como toda gran ciudad, ofrece múltiples posibilidades. Y bueno, qué decir de la gran Santiago de Compostela. Sus tabernas, bares y tiendas, todas ellas en perfecta comunión con los muros pétreos de la ciudad, me devolvieron la ilusión de que el ser humano de tanto en cuando sí sabe conservar su patrimonio. Tuve la suerte de poder ir en el año Xacobeo; jamás vi un sitio tan lleno de vida, en el que un alemán, un francés y un catalán (anda, como en los chistes malos) se sentaban a beber vino de las Rías Bajas.
Tan sólo me llevé una pequeña desilusión. No podía irme de allí sin visitar Padrón, y comerme un plato de sus famosos pimientos. Cuál fue mi sorpresa al chivarme el tabernero que los pimientos de Padrón... No eran de Padrón. Fuesen de donde fuesen, estaban para morirse.

En fin, podría seguir hablando de Lugo y la Playa de las Catedrales, de La Coruña y la Torre de Hércules o de Orense, pero sería repetir más de lo mismo: esas tierras me maravillaron. No sólo por conocer aspectos de una forma de vida (sobre todo una forma muy peculiar de ver la vida) y de una lengua, sino porque cuando volví a Palma, había dejado el escepticismo sobre la cama de mi suite y llevaba el portátil cargado de leyendas, mitos e historias mágicas y reales, pero todas maravillosas.


M.

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