viernes, 3 de abril de 2009

Reflexiones de un legionario.





Roma... La increible Roma ya estaba cansada de batallas y guerras, de enemigos cuya lista parecía no tener fin. Roma, que había visto lo mejor y lo peor de sus gobernantes, que había sufrido la tiranía de algunos y la benevolencia de otros, estaba sembrada de arcos que conmemoraban el Triumphus de éste y otro emperador. Su monumentalidad parecía quebrar el cielo, y sus puentes y edificios le recoradaban el evergetismo de aquellos que mandan y luchan atrozmente por mantener su poder. Roma, la gran Roma, estaba empezando a dejar de de tener luz, o al menos eso le parecía a Lucius Aurelius Celerius*. Lo pensaba cada vez que cruzaba el foro.
Cuando su cojera se lo permitía, gustaba de pasar por las calles, visitar los mercadillos, atravesar el centro neurálgico de la urbs. Y él lo veía. Los monumentos habían dejado de brillar; ya no tenían ese blanco etéreo que recordaba las grandes glorias pasadas. La arquitectura parecía abalanzarse de forma amenazante sobre los habitantes y, lo peor de todo: la gente había perdido la esperanza. Después de la guerra que había enfrentado a César, el actual mandatario, y a Pompeyo, la gente dejó de creer. Nadie esperaba algo así. Ver a Caius Iulius Caesar pisar las tierras de Roma armado y protegido por sus tropas supuso una amenaza terrible, pero el pueblo poco a poco confió en él. No sabe Celerius si fue por engaño de César o porque las gentes que lo conforman ya estaban cansadas y necesitaban algo a lo que aferrarse, y así se dejaron llevar. Lo cierto es que, aunque no muchos lo sepan, en el núcleo del Senado hay fuertes disensiones, y los partidarios de la República se han marchado, esperando un momento más propicio. Propicio... ¿Para qué? Celerius tiene malos presentimientos. Para bien o para mal, César se ha convertido en dictator vitalicio. Eso nunca lo había visto Roma. Las cosas no podían acabar bien.
Celerius suspiró. Aún recordaba su participación en incesantes batallas. Todavía parecía poder oír los gritos de sus compañeros. Rememoraba lo que sintió la primera vez que mató a un hombre. Dicen que los legionarios están educados para no tener piedad; la piedad ablanda a los soldados. Él nunca pudo sentirse indiferente ante el hecho de quitarle la vida ya no sólo a hombres, sino también a mujeres, niños y ancianos. Cuando lo hizo por vez primera, sintió una enorme congoja en su interior; el corazón se le estrechó y por unos segundos creyó desvanecer en el polvoriento campo de batalla. Pero no lo hizo. Hundió aún más su gladius en el pecho de aquel hombre y siguió luchando. Al fin y al cabo, él no eligió ser legionario. Los dioses lo eligieron a él.
Luchas, batallas, guerras y más luchas en el nombre de Roma. Con los cadáveres con los que habían acabado, hubieran podido cubrir la mismísima Hispania. A veces, cuando mataba a alguien, su sangre le salpicaba el rostro. Ello le hacía ver que cualquier día él también acabaría muerto. Significaba, además, la unión con el fallecido. Su sangre se había fusionado con su sudor, con cada uno de los poros de su piel. Ahora debía cargar con su alma hasta el final de sus días. Y esa carga empezaba a resultarle pesada.
Lucius Aurelius Celerius era veterano de la Legión X Gemina, la denominada Pía y Fiel (Piae Fidelis). Sonrió ante ese último epíteto. Pía y Fiel al César, claro. No se lo había dicho a nadie, pero se alegraba de no tener que jurar fidelidad a ningún César nunca más. La guerra le había marcado para siempre, y no habla de su pierna coja, sino de su alma. Apenas vio crecer a sus hijos, y apenas pudo darle a su esposa el amor y las atenciones que ésta necesitaba. La amaba, la amaba con todas sus fuerzas, y le dolía ver cómo había perdido sus años de juventud en luchas sangrientas y no con su hermosa mujer. Ahora, ya mayores, sólo les quedaba el intento de pasar los años que les restaban de vida juntos, viendo cómo sus hijos forman una familia. Ya había mandado hacer la lápida bajo la que ambos iban a reposar. Nunca se sabe cuando los dioses te reclamarán.
Celerius está cansado; es el momento de abandonar su paseo y regresar a casa. Mañana seguirá donde lo había dejado, pero ahora será mejor iniciar la vuelta. Hay algo en el ambiente muy extraño; huele a muerte...


Roma, Pridie Idus Martias (en la víspera de los idus de marzo).


*L.A. Celerius: nombre inventado



M.

2 comentarios:

Darka Treake dijo...

Oooouw, qué bueno...
Me ha gsutado mucho.
¿En qué momento se ambienta?
Soy profano en la historia de la Roma clásica, pero ello no me ha impedido verme con el yelmo, a horcajadas de un gran corcel, con el gladius enfundado al cinto.

Aquellos eran hombres de gloria... Sólo vivían para luchar. Las vanalidades mundanas no estaban a su alcance. Muerte y guerra era su vida. Sin duda lo has relatado muy bien.

Muy bueno, de verdad.

1bsote
Darka.

Favole dijo...

me alegro que te gustara :)
Se ambienta en la muerte de César. Si te fijas, al final, la fecha pone "Pridie Idus Martias", es decir, en las vísperas de los Idus de Marzo. César fue asesinado en los Idus de marzo, en el año 44 ^_^

Un besote querubín:


M.