miércoles, 22 de abril de 2009

I. MIEDO.


Janos se despertó sudoroso. Esa noche había tenido una pesadilla horrible. Sin saber cómo, lo encerraban en un manicomio del que intentaba escapar, pero al darse cuenta, los loqueros iniciaban contra él una tremenda persecución. No recordaba mucho más, salvo la terrible angustia que le ahogaba. Por eso se había levantado tan cansado. Se miró en el espejo de su aseo y suspiró. Una profundas ojeras surcaban sus ojos, como si fueran dos sombras acechantes. Se echó un poco de agua en la cara e intentó ensayar una expresión que disimulara un poco su agotamiento. Llevar cara de haber dormido poco a clase era ofrecer carne de cañón a sus alumnos.

Abrió su armario y sacó su camisa beige de los lunes, sus pantalones de pana de los lunes y los mocasines a juego. Esta vez optó por dejar de lado la corbata. Buscó sus gafas con ahínco y al no encontrarlas sobre su mesilla de noche, dedujo que las había tirado al suelo de un manotazo durante el fervor del sueño.

Mientras se tomaba el café, encendió la televisión y miró desinteresado el telediario. La falta de novedades distrajo su atención y optó por dejar al soso locutor hablar solo y se sentó en el alféizar del enorme ventanal que tenía en su salón. Hoy no llovía, era milagroso, pero el cielo presentaba una tonalidad gris amenazante que le hizo pensar que tal vez no vendría mal coger el paraguas al marcharse.

Janos gustaba de mirar a las personas que paseaban por la calle. Veía multitud de gentes: ancianos que de buena mañana iban a pasear, mujeres que se disponían a hacer la compra, niños que se dirigían perezosos al colegio… Era agradable sentarse y ver cómo transcurría la vida ajena a uno mismo. De repente, entre la neblina matinal, vio una extraña figura. Era muy alta, y llevaba unos vaqueros y una camisa raída de color gris. Posiblemente no le habría llamado la atención si no estuviera observándole directamente a él. De hecho, hubiera dicho que me miraba a los ojos. Se trataba de un hombre, con el pelo largo y algo pálido, que no cesaba de contemplarle. Janos no pudo sostenerle la mirada más de unos segundos, e inmediatamente se apartó. Notaba cómo se le había acelerado la respiración. Parecía mentira que todo un profesor de universidad se sintiera violentado por un desconocido…

Cuando apuró su café, dejó la taza en el fregadero, cogió su paraguas y partió hacia la universidad. Solía ir en metro pero, por una razón desconocida para sí mismo, aquel día decidió coger el coche.

Como era pronto, pudo aparcar en seguida. Llegaba justo a tiempo apara iniciar la clase. Le encantaba el olor que había en el aula. Olía a viejo, a la antigüedad de la madera de los muebles, pero también a tiza y a polvo. Todo ello se mezclaba con los perfumes de sus alumnos. Un clima muy agradable, al fin y al cabo. Janos sacó dos o tres manuales y preparó su máquina de diapositivas. Era importante ilustrar con imágenes las explicaciones que daba. Justo cuando iba a pronunciar la primera palabra, unos nudillos golpearon la puerta, que al instante se abrió lentamente. Janos quedó paralizado; era la figura que vio en la calle, la figura que no dejó de observarle y la que le hizo apartarse de la ventana.

- Doctor Janos, ¿sería tan amable de salir un momento?

Los alumnos respiraron y se relajaron ante la perspectiva de empezar más tarde la predicación del profesor, pero Janos titubeó. Posiblemente sea un viejo conocido del mundo académico al que no recuerdo. Por eso me miraba tan fijamente. Intentaba convencerse de que todo era lo más normal del mundo. Sin embargo, nada más poner un pie en el pasillo, la figura le agarró fuertemente de la muñeca y le arrastró hacia los servicios masculinos. La mirada de aquel personaje muy intensa, pero al mismo tiempo rezumaba tal desesperación que al doctor le costaba tragar saliva. Estaba temblando, y pudo darse cuenta que el que le sostenía de la muñeca con una fuerza casi animal, también. Era curioso, porque la clase que iba a iniciar versaba sobre el miedo…



M.




Este fragmento forma parte de una idea que lleva muchísimo tiempo rondando en mi cabeza y que hasta ahora no me he atrevido a plasmar. Ha sido con la lectura del inicio del libro Déjame entrar, de John Ajvide Lindquist, y la visión de su adaptación en película, lo que me ha animado a redactar una primera parte y colgarla aquí. La historia tiene intenciones de convertirse en novela y, si todo lo que escribo es un trocito de mi, ésta lo va a ser más que nunca. Espero que os guste.

2 comentarios:

Gittana dijo...

Pues esta primera parte me atrapó... me quedé intrigada de quien ese sujeto de cabello largo, y el porque la violencia hacia Janos...
No tardes preciosa!

Darka Treake dijo...

Pero qué le hace??? vuelve?? lo mata? le da un abrazo y le manda de vuelta? le dice que es el peor profesor de la historia, le escupe y se va...?¿?¿

Nos dejarás así???

bsote!!
Darka.