domingo, 19 de abril de 2009

Déjame entrar: la historia que siempre quise escribir.



Con permiso del archihorripilante Edward Cullen y demás amiguitos púberes, llega una historia de vampiros de las de verdad. Una historia de fantasía realista, de terror confortante. Cuando una cree haber perdido la fe, en medio de la vorágine adolescente de vampiros/icono y seres de ultratumba que se engominan el pelo, aparece esta película, la única del género que ha materializado todo aquello en lo que creía en cuanto a vampirismo y terror se refiere.
La historia se ambienta en la Dinamarca de los años 70. El protagonista es un niño de doce años llamado Oskar, que vive con su madre en un barrio un tanto decadente. Sus padre están divorciados y él recibe las amenazas y palizas de los matones del colegio. Oskar empieza a desarrollar una conducta psicótica, que le lleva a sentir especial interés por los crímenes. Entre tanta soledad, conoce a Eli, una misteriosa niña que aparentemente tiene su edad. Oskar y Eli se descubren el uno al otro y entablan una estrecha amistad. Al poco de conocerse, empiezan a tener lugar una serie de crímenes en el barrio; los cuerpos de los vecinos asesinados aparecen desangrados y con el cuello roto...
No hay nada reprochable en esta película. Todo, absolutamente todo, es digno de alabar. El ambiente setentero es muy propicio para el desarrollo de la historia. Los personajes, increíbles. La mayor parte de la película se hace sobre primeros planos, y la expresión de los niños deja sin palabras. Ambos interpretan sus papeles de forma impresionante, sin olvidar que éstos son ya buenísimos.
La nieve es uno de los principales símbolos, no sólo por el frío propio del país, sino como reflejo de la frialdad del ambiente en el que están los niños y de las personas que les rodean.
La historia me ha emocionado sobremanera. Es exactamente la clase de historia que yo siempre habría querido escribir. Fantasía palpable. Tanto, que podría ser real. Hechos que podrían suceder en la casa de al lado. Terror plausible. Personajes a los que deseas conocer, abrazar y tomar de la mano. Ése es el mundo que a mi me gusta, y ése es el que refleja la película. Amor, tormento, dolor, pero todo cercano. Ya está bien de submundos imposibles de dioses-vampiros, de amores entre mortal e inmortal soñados por miles de jovencitas de todo el mundo. Éstas son historias de verdad, historias que tocan el alma, que hacen mantener un rayito de esperanza y hacen que el género vampírico flote. Todas las demás, esas que ahora están tan de moda, sólo sirven para que el género se hunda en la decadencia y la mediocridad, para que muchos y muchas decidan jugar a los oscuro vestidos de negro y escribiendo historietas góticas y para que legiones de admiradores coreen los nombren de los protagonistas. Ah, sí, y para hacer dinero. Pero historias como las que vi ayer, muy pocas, por no decir ninguna. Vean esta película, sientan como suyos cada uno de los detalles que se ofrecen y después díganme si aún así prefieren leer sobre rituales de sangre, guaperas y demás cuentos pobres de verdadero terror vampírico.


M.

1 comentario:

Marta Simonet dijo...

yo fui Draculina una vez.jeje.


Un besote.