miércoles, 29 de abril de 2009

Miradlos, son grandes. Muy grandes.


Hoy voy a hablaros de algo muy bonito y cándido. Dos autores se reúnen para escribir un libro juntos porque son muy amigos y se admiran mútuamente. Hasta aquí todo es precioso. Pero si os digo que que esos autores son Neil Gaiman y Terry Pratchett, la cosa pasa de bonita a sublime. Dos de los autores contemporáneos más interesantes, destacados, importantes, grandiosos etc etc etc, decidieron unir sus ideas y su increíble ingenio en 1990 para crear una historia. Esa historia se llamó Buenos presagios, un sarcasmo sobre la llegada del Anticristo y el día del Juicio Final. Apenas he empezado a leerla, pero no hace falta ser un genio para ver que se trata de una obra impecable. Un autor que escribe las mejores novelas de fantasía que se publican hoy en día, y otro que creó un mundo imposible de definir, a caballo entre lo metafísico y lo irónico...

Neil Gaiman.

Nació en noviembre de 1960 en Portchester, Inglaterra. Su máxima era convertirse en escritor, pero una entrevista con Alan Moore le abrió los ojos y decidió encaminar su actividad hacia el mundo del cómic. En 1986 conoce a Dave Mckean, un dibujante, y juntos crean Casos Violentos. Por aquellos tiempos, nada más y nada menos que la DC Cómics está buecando nuevos talentos, y se fijan en Gaiman. Él decide crear un personaje nuevo, partiendo del folklore anglosajón, al que llama Sandman. Supuso toda una ruptura con el mercado predominante, basado en los cómics de superhéroes y en las aventuras. Él decidió innovar, y no ser un borrego. Aparte de su colega Pratchett, aún estoy esperando que alguien más se atreva a llevar a cabo tal hazaña.
Sandman le valió el reconocimiento internacional, pero ha sacado a la luz numerosas publicaciones, como El día que cambié a mi padre por dos peces de colores, American Gods, Arlequín Enamorado, Coraline, El Libro de los Sueños...
Quiero destacar un dato muy gracioso que da la Wikipedia sobre la actualidad de Neil Gaiman: Actualmente, Neil Gaiman vive cerca de Minneapolis, Minnesota , en los Estados Unidos, en una casa estilo "Familia Addams". Ah, y está casado y con tres críos.


Terry Pratchett.

Nació el 28 de abril de 1948 (¡¡Ayer fue su cumpleaños!!) en Inglaterra. Ostenta nada menos que el título de Sir.
Estaba decidido a ser periodista. De hecho, aprobó el curso del Nacional Council para la Formación de Periodistas. En 1971 publicó su primer libro, titulado The Carpet People. No tuvo muchas críticas, pero entre ese reducido número, la mayoría calificaban la obra como extraordinaria. A pesar de ello, la trayectoria de Pratchett parecía alejarle del mundo literario, ya que unos años más tarde entró a trabajar como relaciones públicas en una central nuclear. En 1986 publicó su segunda novela, continuación de la primera, titulada La luz fantástica. Cosechó un éxito increíble y empezó a recibir llamadas de numerosas editoriales. Fue entonces, y sólo entonces, cuando decidió que tal vez podía ganarse la vida con esto y dejó de escribir en su tiempo libre para iniciar una fulgurante carrera literaria. En estos años firmó un contrato para publicar seis novelas más, después de Rechicero, en 1988. Estaba tan bien considerado, que el contrato le obligaba, simplemente, a escribir. Es una prueba de que los genios nacen con la estrella puesta y no tienen que arrastrarse para encontrarla.
En 1999 fue nombrado doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad de Warwick y en 2001 por la de Portsmouth.
El 11 de de diciembre de 2007 fue una fecha triste, pues el autor anuncio que padecía Alzheimer. Aún así, también dijo que iba a luchar contra la enfermedad con todas sus fuerzas. Fue también de los primeros autores en mantener contacto directo con sus lectores a través de internet, una costumbre que inició hace más de 11 años.
Entre sus obras destacan:
- La serie de Mundodisco, que es de sobra conocida y tan larga que no pondré aquí.
- La Trilogía de los Gnomos, The Dark side of the sun, Strata, Sólo tú puedes salvar a la Humanidad, obras de teatro como la adaptación de su novela The colour of Magic o Going Postal (2009)...

Aquí debo añadir mi pequeña nota personal diciendo que conocía a Terry Pratchett de oídas, pero ha sido pelo-seto quien, con su admiración ahora compartida, me ha enseñado más sobre el asombroso mundo de este enorme autor. Pienso ponerme a leer todas sus obras a la de ya. Gracias, pelo-seto. Te ailofyu.


Como veis, grandes, muy grandes, gigantes. Juntos no podían hacer nada malo, sino todo lo contrario. Para mí son la prueba palpable de que los autores con vocación, con estrella, no buscan, encuentran. Gaiman quería ser escritor, y alcanzó la cima con una novela, sí, pero gráfica. Pratchett escribía en sus ratos libres y no tenía ninguna ambición por publicar novelas. Ahora es de los mejores y sus novelas, de las más vendidas. Ellos son el ejemplo de que la humildad, la honradez, la voluntad y, sobre todo, la vocación de compartir un trocito de uno mismo con los demás, son la mejor fórmula.
Ah, y os recomiendo su obra conjunta, Buenos presagios. Cuando la acabe hablaré con pleno conocimiento de causa, pero por ahora puedo decir que el comienzo es el mejor principio de un libro que he leído jamás. Ahí queda eso.


M.

viernes, 24 de abril de 2009

Primeros esbozos de Los dioses materiales

Imagen: Augusto como Pontifex Maximus


¡Hola, holita!

Como ya os comenté, he iniciado el ambicioso proyecto de perfilar la redacción de una novela histórica, cuyo título provisional es
Los dioses materiales. Va a estar ambientada en la Roma clásica, y el núcleo de la sinopsis van a ser los enfrentamientos entre castas sacerdotales. Es un tema complejo y que requiere muuuucha información. Aquí os dejo un breve esquema de los colegios sacerdotales existentes en Roma y que participarán de forma activa en la historia. Antes de ello, sin embargo, cabe decir que en Roma hay que hablar de sacerdocios diversos, ya que hay una gran variedad de dioses. Cada sacerdote tenía su especialidad, que transmitía dentro de su colegio de generación en generación.
Los sacerdotes no eran muy numerosos, ya que el culto familiar se realizaba a cargo del
paterfamilias. En el culto público eran los magistrado quienes presidían las ceremobias litúrgicas y quienes desempeñaban la parte principal de los actos religiosos.

Sacerdocios:

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Augures.
El cargo de augur era muy deseado porque no sólo no era incompatible con el de magistrado, sino que además acrecentaba su valor para la comunicación personal y directa con el dios. Opera, en principio, sobre signos naturales, pájaros en particular. También inauguraban de forma ritual ciudades o templos, realizaban ceremonias, etc.
- Pontífices.
No sólo tenía atribuciones religiosas, sino también administrativas y jurídicas. Se ocupaban del banquete sagrado (epulum) de Júpiter, y presentaban su asistencia técnica a los magistrados.
- Flamines.
Eran 15. Los primeros eran flamines mayores: Los de Júpiter (flamen Dialis), Marte y Quirino.
El flamen supremo debía estar siempre preparado para sacrificar. Por estar al servicio del Cielo libre y puro, no podía llevar ningún tipo de atadura, ni siquiera un anillo. No podía consumir ni alimentos ni bebidas fermentadas. No podían tocar a un muerto ni participar en funerales. Si perdían a su mujer, abandonaban la función. No podían tocar a un caballo y tenía prohibido jurar, desvestirse al aire libre, ver o nombrar a la cabra...Los flamines de Marte y Quirino tenían menos imposiciones.
- Rex Sacrorum.
Con su mujer, disfrutaba de un puesto vitalicio. Era ante todo sacerdote de Jano y presidente de una asamblea arcaica, la Comitia Calata.

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Otros sacerdocios de menor importancia para la historia de Los dioses materiales son:

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Vestales
- Saliares
- Feciales
- Fratres Arvales
- Lupercos
- Sodales Titii.

Bueno, tampoco me olvido de los seviros augustales, colegio de seis miembros existente desde la época de Augusto y formado esencialmente por libertos. Este colegio será uno de los protagonistas...

Hasta aquí lo que os puedo contar. Espero que esto os haya servido para orientaros un poco.

Bibliografía:

- BAYET, J.:
La religión romana. Historia política y psicológica, ed Cristiandad, Madrid, 1984.
- GUILLÉN, J.:
Urbs Roma. Vida y costumbres de los romanos. II- Religión y ejército, ed. Sígueme, Salamanca, 1980

miércoles, 22 de abril de 2009

I. MIEDO.


Janos se despertó sudoroso. Esa noche había tenido una pesadilla horrible. Sin saber cómo, lo encerraban en un manicomio del que intentaba escapar, pero al darse cuenta, los loqueros iniciaban contra él una tremenda persecución. No recordaba mucho más, salvo la terrible angustia que le ahogaba. Por eso se había levantado tan cansado. Se miró en el espejo de su aseo y suspiró. Una profundas ojeras surcaban sus ojos, como si fueran dos sombras acechantes. Se echó un poco de agua en la cara e intentó ensayar una expresión que disimulara un poco su agotamiento. Llevar cara de haber dormido poco a clase era ofrecer carne de cañón a sus alumnos.

Abrió su armario y sacó su camisa beige de los lunes, sus pantalones de pana de los lunes y los mocasines a juego. Esta vez optó por dejar de lado la corbata. Buscó sus gafas con ahínco y al no encontrarlas sobre su mesilla de noche, dedujo que las había tirado al suelo de un manotazo durante el fervor del sueño.

Mientras se tomaba el café, encendió la televisión y miró desinteresado el telediario. La falta de novedades distrajo su atención y optó por dejar al soso locutor hablar solo y se sentó en el alféizar del enorme ventanal que tenía en su salón. Hoy no llovía, era milagroso, pero el cielo presentaba una tonalidad gris amenazante que le hizo pensar que tal vez no vendría mal coger el paraguas al marcharse.

Janos gustaba de mirar a las personas que paseaban por la calle. Veía multitud de gentes: ancianos que de buena mañana iban a pasear, mujeres que se disponían a hacer la compra, niños que se dirigían perezosos al colegio… Era agradable sentarse y ver cómo transcurría la vida ajena a uno mismo. De repente, entre la neblina matinal, vio una extraña figura. Era muy alta, y llevaba unos vaqueros y una camisa raída de color gris. Posiblemente no le habría llamado la atención si no estuviera observándole directamente a él. De hecho, hubiera dicho que me miraba a los ojos. Se trataba de un hombre, con el pelo largo y algo pálido, que no cesaba de contemplarle. Janos no pudo sostenerle la mirada más de unos segundos, e inmediatamente se apartó. Notaba cómo se le había acelerado la respiración. Parecía mentira que todo un profesor de universidad se sintiera violentado por un desconocido…

Cuando apuró su café, dejó la taza en el fregadero, cogió su paraguas y partió hacia la universidad. Solía ir en metro pero, por una razón desconocida para sí mismo, aquel día decidió coger el coche.

Como era pronto, pudo aparcar en seguida. Llegaba justo a tiempo apara iniciar la clase. Le encantaba el olor que había en el aula. Olía a viejo, a la antigüedad de la madera de los muebles, pero también a tiza y a polvo. Todo ello se mezclaba con los perfumes de sus alumnos. Un clima muy agradable, al fin y al cabo. Janos sacó dos o tres manuales y preparó su máquina de diapositivas. Era importante ilustrar con imágenes las explicaciones que daba. Justo cuando iba a pronunciar la primera palabra, unos nudillos golpearon la puerta, que al instante se abrió lentamente. Janos quedó paralizado; era la figura que vio en la calle, la figura que no dejó de observarle y la que le hizo apartarse de la ventana.

- Doctor Janos, ¿sería tan amable de salir un momento?

Los alumnos respiraron y se relajaron ante la perspectiva de empezar más tarde la predicación del profesor, pero Janos titubeó. Posiblemente sea un viejo conocido del mundo académico al que no recuerdo. Por eso me miraba tan fijamente. Intentaba convencerse de que todo era lo más normal del mundo. Sin embargo, nada más poner un pie en el pasillo, la figura le agarró fuertemente de la muñeca y le arrastró hacia los servicios masculinos. La mirada de aquel personaje muy intensa, pero al mismo tiempo rezumaba tal desesperación que al doctor le costaba tragar saliva. Estaba temblando, y pudo darse cuenta que el que le sostenía de la muñeca con una fuerza casi animal, también. Era curioso, porque la clase que iba a iniciar versaba sobre el miedo…



M.




Este fragmento forma parte de una idea que lleva muchísimo tiempo rondando en mi cabeza y que hasta ahora no me he atrevido a plasmar. Ha sido con la lectura del inicio del libro Déjame entrar, de John Ajvide Lindquist, y la visión de su adaptación en película, lo que me ha animado a redactar una primera parte y colgarla aquí. La historia tiene intenciones de convertirse en novela y, si todo lo que escribo es un trocito de mi, ésta lo va a ser más que nunca. Espero que os guste.

domingo, 19 de abril de 2009

Déjame entrar: la historia que siempre quise escribir.



Con permiso del archihorripilante Edward Cullen y demás amiguitos púberes, llega una historia de vampiros de las de verdad. Una historia de fantasía realista, de terror confortante. Cuando una cree haber perdido la fe, en medio de la vorágine adolescente de vampiros/icono y seres de ultratumba que se engominan el pelo, aparece esta película, la única del género que ha materializado todo aquello en lo que creía en cuanto a vampirismo y terror se refiere.
La historia se ambienta en la Dinamarca de los años 70. El protagonista es un niño de doce años llamado Oskar, que vive con su madre en un barrio un tanto decadente. Sus padre están divorciados y él recibe las amenazas y palizas de los matones del colegio. Oskar empieza a desarrollar una conducta psicótica, que le lleva a sentir especial interés por los crímenes. Entre tanta soledad, conoce a Eli, una misteriosa niña que aparentemente tiene su edad. Oskar y Eli se descubren el uno al otro y entablan una estrecha amistad. Al poco de conocerse, empiezan a tener lugar una serie de crímenes en el barrio; los cuerpos de los vecinos asesinados aparecen desangrados y con el cuello roto...
No hay nada reprochable en esta película. Todo, absolutamente todo, es digno de alabar. El ambiente setentero es muy propicio para el desarrollo de la historia. Los personajes, increíbles. La mayor parte de la película se hace sobre primeros planos, y la expresión de los niños deja sin palabras. Ambos interpretan sus papeles de forma impresionante, sin olvidar que éstos son ya buenísimos.
La nieve es uno de los principales símbolos, no sólo por el frío propio del país, sino como reflejo de la frialdad del ambiente en el que están los niños y de las personas que les rodean.
La historia me ha emocionado sobremanera. Es exactamente la clase de historia que yo siempre habría querido escribir. Fantasía palpable. Tanto, que podría ser real. Hechos que podrían suceder en la casa de al lado. Terror plausible. Personajes a los que deseas conocer, abrazar y tomar de la mano. Ése es el mundo que a mi me gusta, y ése es el que refleja la película. Amor, tormento, dolor, pero todo cercano. Ya está bien de submundos imposibles de dioses-vampiros, de amores entre mortal e inmortal soñados por miles de jovencitas de todo el mundo. Éstas son historias de verdad, historias que tocan el alma, que hacen mantener un rayito de esperanza y hacen que el género vampírico flote. Todas las demás, esas que ahora están tan de moda, sólo sirven para que el género se hunda en la decadencia y la mediocridad, para que muchos y muchas decidan jugar a los oscuro vestidos de negro y escribiendo historietas góticas y para que legiones de admiradores coreen los nombren de los protagonistas. Ah, sí, y para hacer dinero. Pero historias como las que vi ayer, muy pocas, por no decir ninguna. Vean esta película, sientan como suyos cada uno de los detalles que se ofrecen y después díganme si aún así prefieren leer sobre rituales de sangre, guaperas y demás cuentos pobres de verdadero terror vampírico.


M.

miércoles, 15 de abril de 2009

La muerte del augur.






El collegium estaba en silencio. Si uno prestaba atención, podía oír como todavía la sangre corría como un riachuelo por entre los adoquines de la vía. Nadie salía a la calle. Era tal el miedo que todos se había encerrado a cal y canto en sus casas. Ni mercaderes, ni niños jugando, ni prostitutas. Nada. ¿Qué podría suceder? Nadie lo sabía. Ni siquiera los sacerdotes. Tras la muerte de Marcus Iunius Angostus, todos habían acudido al templo y aún no se había abierto puerta alguna. En el lugar donde había sido asesinado, todavía se sentía el calor del cadáver, y se percibía el hedor a una venganza segura. Es la calma que precede a la tempestad.
Todos los sucesos acaecidos hasta ese momento no podían más que traer una oleada de violencia que se había desatado cuando los augures vieron el cuerpo de Angostus en las escaleras del templo. Su túnica estaba manchada, y la vida ya no corría sus venas. Algunos gritaron, otros llevaron el cuerpo al interior del edificio para preparar los funerales pertinentes. Pero el peligro seguía presente. A Roma lo último que le hacía falta era un enfrentamiento entre castas sacerdotales, hasta ahora los únicos capaces de preservar la esperanza y la estabilidad del pueblo, lejos de las intrigas del poder político. Pero la envidia y los celos, sentimientos funestos nacidos en el Averno, eran capaces de crecer y corromper cualquier alma humana. Y así había sucedido. Sevires y augures, hasta ahora en perfecta armonía acababan de iniciar una guerra que ya se intuía desde hacía tiempo. Ese enfrentamiento se acrecentó con la alianza entre augures y sacerdotes dedicados al culto de los emperadores fenecidos. ¿Motivos? El poder de uno solo, al que creían capaz de eclipsarlos a ellos mismos. Un sevir, que no es más que un liberto, ¿con más carisma que un augur? Qué mal consejero que es el miedo... Pancracius el liberto, sevir augustal, envidiado por augures. Poder, poder y más poder. Eso es lo que querían todos. Y la muerte se ha desatado en el seno de un collegium tranquilo, que verá como lo peor del ser humano se desata en puerta misma de sus casas. ¿Qué les queda a aquellos que no creían en otra cosa que en los dioses?
La puerta del templo se abre. Algunos rostros se asoman por las ventanas. Hasta ahora, nadie sabía cómo se venga un augur de la muerte...


M.


Fragmento y esbozo de una idea que poco a poco va cobrando forma: una novela sobre la Antigua Roma y su mundo religioso y social, cuyo título provisional es Los dioses materiales". A ver qué sale de todo esto... Os iré contando :)

martes, 7 de abril de 2009


Imagen: blocs.tinet.cat





Una suave neblina envuelve el paisaje. La humedadse condensa en el rostro de los militares. Silencio; tan sólo se oye el relinche de los caballos cansados y la acelerada respiración de los contendientes. Hace frío, pero nadie lo siente. El fuego provocado por los incendios es igual de fuerte que el que fluye en el interior de los allí presentes. Gritos, pasos acelerados, el desgarro de la carne, el choque de los huesos del sarraceno contra la espada... Qué lejos queda todo aquello... Es como si hubieran pasado años. Los soldados habían sido movilizados por sus señores y caballeros y éstos, a su vez, por su vasallaje al rey, habían acudido a su lado. Pero ahora sentían todo eso como algo suyo. Por unos minutos, no había estamentos entre todos aquellos hombres, sino el fervor y el entusiasmo compartidos de una victoria. Dios les acogería en su gloria por haber liberado un territorio de manos de los musulmanes. Aún quedaban algunos en las montañas, per sus esperanzas en el rey y en ellos mismos eran grandes.
De repente, la niebla se movió. Los caballos, sin embargo, no se pusieron nerviosos. Los soldados se preguntaban qué sucedía y de dónde provenía tal movimiento. El trote de un rocín empezó a sonar en un armonioso ritmo, y de entre las sombras emergió una imponente figura. Armadura brillante, aunque manchada de sangre enemiga. Espalda y hombros grandes, aunque magullados... Su rostro transmitía serenidad, y su barba rojiza de varias semanas le confería solemnidad a su expresión. La figura bajó del caballo; medía más de dos metros. Miró a cada uno de los soldados a los ojos. Cogió un estandarte que se hallba en el suelo, y alzó el escudo de la Corona de Aragón con tanta fuerza que podría haber llegado al cielo, mientras el resto gritó de alegría.


Diciembre de 1229: Jaume I ha conquistado el Reino de Mallorca.


M.




Esta entrada te la dedico a ti, porque sé que te gusta y respetas la Historia, porque me animas contínuamente y porque tienes planes muy buenos en los espero ayudarte todo lo que pueda. Y porque te ailofyu...

viernes, 3 de abril de 2009

Reflexiones de un legionario.





Roma... La increible Roma ya estaba cansada de batallas y guerras, de enemigos cuya lista parecía no tener fin. Roma, que había visto lo mejor y lo peor de sus gobernantes, que había sufrido la tiranía de algunos y la benevolencia de otros, estaba sembrada de arcos que conmemoraban el Triumphus de éste y otro emperador. Su monumentalidad parecía quebrar el cielo, y sus puentes y edificios le recoradaban el evergetismo de aquellos que mandan y luchan atrozmente por mantener su poder. Roma, la gran Roma, estaba empezando a dejar de de tener luz, o al menos eso le parecía a Lucius Aurelius Celerius*. Lo pensaba cada vez que cruzaba el foro.
Cuando su cojera se lo permitía, gustaba de pasar por las calles, visitar los mercadillos, atravesar el centro neurálgico de la urbs. Y él lo veía. Los monumentos habían dejado de brillar; ya no tenían ese blanco etéreo que recordaba las grandes glorias pasadas. La arquitectura parecía abalanzarse de forma amenazante sobre los habitantes y, lo peor de todo: la gente había perdido la esperanza. Después de la guerra que había enfrentado a César, el actual mandatario, y a Pompeyo, la gente dejó de creer. Nadie esperaba algo así. Ver a Caius Iulius Caesar pisar las tierras de Roma armado y protegido por sus tropas supuso una amenaza terrible, pero el pueblo poco a poco confió en él. No sabe Celerius si fue por engaño de César o porque las gentes que lo conforman ya estaban cansadas y necesitaban algo a lo que aferrarse, y así se dejaron llevar. Lo cierto es que, aunque no muchos lo sepan, en el núcleo del Senado hay fuertes disensiones, y los partidarios de la República se han marchado, esperando un momento más propicio. Propicio... ¿Para qué? Celerius tiene malos presentimientos. Para bien o para mal, César se ha convertido en dictator vitalicio. Eso nunca lo había visto Roma. Las cosas no podían acabar bien.
Celerius suspiró. Aún recordaba su participación en incesantes batallas. Todavía parecía poder oír los gritos de sus compañeros. Rememoraba lo que sintió la primera vez que mató a un hombre. Dicen que los legionarios están educados para no tener piedad; la piedad ablanda a los soldados. Él nunca pudo sentirse indiferente ante el hecho de quitarle la vida ya no sólo a hombres, sino también a mujeres, niños y ancianos. Cuando lo hizo por vez primera, sintió una enorme congoja en su interior; el corazón se le estrechó y por unos segundos creyó desvanecer en el polvoriento campo de batalla. Pero no lo hizo. Hundió aún más su gladius en el pecho de aquel hombre y siguió luchando. Al fin y al cabo, él no eligió ser legionario. Los dioses lo eligieron a él.
Luchas, batallas, guerras y más luchas en el nombre de Roma. Con los cadáveres con los que habían acabado, hubieran podido cubrir la mismísima Hispania. A veces, cuando mataba a alguien, su sangre le salpicaba el rostro. Ello le hacía ver que cualquier día él también acabaría muerto. Significaba, además, la unión con el fallecido. Su sangre se había fusionado con su sudor, con cada uno de los poros de su piel. Ahora debía cargar con su alma hasta el final de sus días. Y esa carga empezaba a resultarle pesada.
Lucius Aurelius Celerius era veterano de la Legión X Gemina, la denominada Pía y Fiel (Piae Fidelis). Sonrió ante ese último epíteto. Pía y Fiel al César, claro. No se lo había dicho a nadie, pero se alegraba de no tener que jurar fidelidad a ningún César nunca más. La guerra le había marcado para siempre, y no habla de su pierna coja, sino de su alma. Apenas vio crecer a sus hijos, y apenas pudo darle a su esposa el amor y las atenciones que ésta necesitaba. La amaba, la amaba con todas sus fuerzas, y le dolía ver cómo había perdido sus años de juventud en luchas sangrientas y no con su hermosa mujer. Ahora, ya mayores, sólo les quedaba el intento de pasar los años que les restaban de vida juntos, viendo cómo sus hijos forman una familia. Ya había mandado hacer la lápida bajo la que ambos iban a reposar. Nunca se sabe cuando los dioses te reclamarán.
Celerius está cansado; es el momento de abandonar su paseo y regresar a casa. Mañana seguirá donde lo había dejado, pero ahora será mejor iniciar la vuelta. Hay algo en el ambiente muy extraño; huele a muerte...


Roma, Pridie Idus Martias (en la víspera de los idus de marzo).


*L.A. Celerius: nombre inventado



M.

miércoles, 1 de abril de 2009

A veces me da la sensación de estar rodeada de superficialidades y vanalidad, como si ya no se llevara la delicadeza. El detalle ha sido sustituído por la grosería, y lo burdo parece triunfar. Los sensible no está reñido con lo intenso y visceral. Os lo digo yo, que soy un saco de intensidad y un totum revolutum de sentimentalismo. He aquí algunas letras de evasión... Espero que os gusten.









La conocí un día en el que había demasiado sol para pensar con claridad. El calor me rodeaba y me perlaba el rostro; era como si aquella humedad me cogiera del cuello y me ahogara. En cuanto la vi, estaba convencido de que ésa no iba a ser una mañana más. Fuimos intimando, y nuestras palabras no eran más que el escondrijo de nuestros pensamientos, un inocente atajo en el que poder ocultarnos. Cuando, sin querer, le rozaba, sufría una electrocución; quería más, y así fue.

Empezamos a besarnos, y el roce de nuestros labios se convirtió en el lenguaje que hasta ahora no nos habíamos atrevido a hablar. El suave perfume de su piel me cegaba y cuando abrí los ojos no veía más allá de su cuerpo. Nos mirábamos, nos besábamos y nos volvíamos a mirar. Sus ojos me sonreían, y sus manos habían empuñado un arma que ya me había alcanzado.

No hablábamos; no hacía falta. El sonido del otro ya nos decía suficiente. Nos cogimos de las manos y empezamos a bailar al ritmo de un son que me era desconocido. Mis sentidos estaban colapsados y cuanto más la tocaba, más deseaba seguir tocándola. Nos fundimos en un intenso abrazo y nos convertimos en uno solo. Yo temblaba, y ella... Imposible describir lo que veía en ella. Era como tener el éxtasis entre mis brazos.

Mojados, cansados, felices, tirados, enredados. Fue entonces cuando me di cuenta de lo mucho que la quería y cómo la amaría a partir de ahora.


30/03/09

M.