jueves, 12 de marzo de 2009

Gladiador












Calor. Bullicio. Olor a sudor. La gente pide sangre a gritos y aclama a la muerte. Mientras él se venda las muñecas, cierra los ojos. Siente cómo el mundo se le escapa, mientras el polvo empieza a penetrar en sus fosas nasales. Llegó el momento de subir a la arena.
No sabe qué es lo que más le abruma, si todo ese gentío que desea una muerte un otra, o el sol justiciero que le ciega la vista y hace que la hoja de su espada emita un reflejo amenazador que a él mismo le asusta. Se coloca los pocos elementos de armadura que lleva y se prepara para el ataque. Al frente, aparece su contrincante. El público chilla. A lo lejos le parece divisar la corte imperial, presidida por el César. Si no fuera por el sol, pensaría que está sonriendo. Antes de poder reaccionar, su enemigo le ataca. Dolor, sangre en su brazo. Emite un grito salvaje, como de guerra, y le responde.
Nota en sus oídos el choque de los gladii, hierro con hierro. Alma con alma. Recuerda entonces cuando su abuelo le contaba que sus antepasados cuando se presentaba la muerte de un guerrero, enterraban con él sus armas, pero retorcidas, para evitar que su alma fluyera y fuera a parar a otro guerrero. Recuerda cómo de niño, una tarde que jugaba con sus amigos en el campo, desenterró unos soliferra. Estaban todos retorcidos, y fue cuando vinieron a su mente las palabras de su abuelo. Muerto de miedo, las volvió a enterrar, y marchó corriendo a su casa.
Una pequeña punzada en el muslo le devuelve a la realidad. Más sangre. Ve como forma un río y, desde sus piernas, desciende a los pies, tiñiendo la arena del Coliseo. Cuánta sangre derramada en la tierra que pisa, para la gloria del César y la alegría de sus súbditos. Panes et circenses, ¿no se trata de eso? Aprieta bien los dientes y carga contra el hombre que tiene ante sus ojos. Probablemente sea una buena persona, pero a él le han enseñado a matar. Matar para vivir. La vida está hecha de contradicciones, y más la vida de un gladiator como él.
Le escuecen las heridas; el polvo está entrando por ellas, y le cuesta respirar. Agarra el gladius con todas sus fuerzas. Hubiera querido que le grabaran en nombre de su padre, pero no tenía sestercios suficientes. En caso de haberlos tenido, sabía que los habría empleado para otras cosas. No para bebida o mujeres; hacía mucho tiempo que no tocaba el cuerpo de una mujer, que no experimentaba la calidez de unos brazos jóvenes, de un pecho palpitante. No; lo hubiera gastado en alimento, puesto que sabía que saldría de Roma en poco tiempo. Sólo los dioses saben el destino de los hombres.
De repente, el tiempo se detiene. Le falta el aliento, no puede respirar, se ahoga. De todos los dolores padecidos, aquél es el más insoportable. Le estaba quemando las entrañas. Cuando se miró al pecho, vio un gladius clavado hasta la empuñadura, y se encontró con la mirada impaciente de su inimicus. La sangre empezó a britar de esa atroz herida, al mismo tiempo que lo hacía por su boca. No le gustaba el sabor de la sangre. Estaba oxidada, y tenía el aroma de la muerte. Cansado, se desplomó en el suelo, y poco a poco notaba cómo la vida se le escapaba. La arena impregnaba su rostro, mezlcada con su propia sangre. El público embravecido aclamaba, no sabe muy bien si al vencedor o a la muerte del vencido. Al fin y al cabo, eso es lo que querían. ¿Por qué Júpiter, dios de todos los dioses, permite que un hombre pierda su vida en tales condiciones? Claro está que se avergüenza, puesto que los gladiatores, tras su muerte, reciben una enorme consideración. Cierto era cuando lo pensó: sólo los dioses saben el destino de los hombres...


M.

5 comentarios:

Gittana dijo...

adoro a dead can dance!!!!!! me encanta!!!! no sabe tu cuanto!!!!

Darka Treake dijo...

Muy bueno, muy muy bueno.
Lento y agresivo a la vez.
Una lección de historia, de una cruda realidad que aun, 2000 años después, seguimos viendo en otras formas...

Aunque veo algo que no me gusta. A mitad de texto pasas de contarlo en presente a hablarnos en pasado... Me gustaba más en presente.

1bsito!
Darka.

Favole dijo...

bu.

Sí, es cruda para nosotros ahora, pero no del todo para esa sociedad. Para Roma no era una injusticia, sino todo lo contrario. Cada persona ocupaba su papel en la sociedad. Los esclavos eran cosas, objetos, y ellos eran muy conscientes de la realidad que les había tocado vivir. No lo percibían como algo malo...

Lo de pasar de presente a pasado ha sido algo total y absolutamente voluntario ;)

Un abrazo, rubiales ^_^


M.

TheGreenLion dijo...

Uf. Quina intensitat wapi, molt envolvent, i amb música de Dead Can Dance que són genials. Has vist Baraka? Crec que t´agradaria. Una abraçada enorme i a veure si quedam quan sigui per Mallorqueta! B*

Martí dijo...

Hola, M. La veritat és que tens el do que feia que, quan encara no hi havia ni tele ni ràdio, la gent es pogués agrupar a la vora d'una persona, davant del calor del foc per escoltar qui sap quin relat, fantàstic o cert, que els feia somniar i traslladar-se lluny, i a l'hora viure aquells moments i llocs llunyans en l'espai o el temps, potser en la realitat i tot, i fer-los indisolublement seus.

Tens el do de contar històries. Segueix cultivant aquest regal dels deus i que ells sàpiguen inspirar-te!