viernes, 8 de agosto de 2008

El Hechizo

Nathaniel no sabía qué decir. Instintivamente, apretó con más fuerza la piedra que tenía en su mano, tanto que se hizo daño. La criatura lo miraba con inusitada curiosidad, pero al mismo tiempo con recelo. Nathaniel miró a su alrededor; imposible, no tenía escapatoria. Entonces la criatura, echándose sus cabellos hacia atrás, expulsó una sonora carcajada y le dijo:
- ¡Inocente chiquillo! ¿De veras se te ha ocurrido, aunque sólo fuese por un instante, intentar una huída? El más leve movimiento sospechoso, y uno de esos seres que tengo aquí a mi espaldas y que forman parte de mi ejército te aplastaría sólo con un simple roce. Oh, vamos... ¿No quieres eso, ¿verdad? Debo admitir que yo tampoco. De hecho, me interesas bastante, Nathaniel.
Nathaniel, ante tal muestra de soberbia y poder, estalló. Se levantó del suelo y se situó a escasos centrímetos de la mujer.
- Tú... Tú has acabado con toda mi familia... ¿Quién te crees que eres? ¿Te ha enviado Satán? ¿Eres su concubina? Sí, eres la ramera que cada noche yace con él en su lecho de ignonimia... ¿Acaso has creído tú, aunque sólo fuese por un instante, que con este ejército de engendros va a amedrentarme? El dolor de un alma pura es más fuerte que cualquier espada de acero que tú y tus entes poseéis. Y sí... Sé que tengo algo que te pertenece, pero soy capaz de padecer la muerte más horribles con tal de que no goces del placer de obtenerlo.
Los miagos empezaron a emitir amenazantes sonidos guturales, y algunos de ellos empezaron a rodear a Nathaniel con la intención de, como mínimo, aplastarle la cabeza. Sin embargo, la mujer hizo una señal con su mano, y los miagos se retiraron, aunque de forma costosa.
- Vaya... Eres más osado de lo que yo esperaba... Ciertamente he hecho bien en perdonarte la vida. Sí, yo he asesinado a tus padres, a tus hermanas y a tu hermano, pero todo obedece a una única razón. Tal vez nunca alcances a comprender mis razones, pero aquello que acogíais en vuestro hogar, que tu madre llevaba como un simple adorno, eso que tú ahora sostienes en tu mano es nuestro. Y es más importante de lo que te imaginarías nunca.
Nathaniel iba a proferir en improperios al oír todo aquello, pero entonces dejó de pensar. Su boca no podía pronunciar palabra, y su vista se iba nublando. Todo le daba vueltas, y el paraje se difuminaba por mucho que intentara fijarse en algo. En su mente comenzó a escucharse la siguiente melodía:



Aquel ser, o lo que fuese, le estaba hechizando...

Nathaniel... Escucha mis palabras, puesto que, a pesar de no tener corazón como vosotros los humanos, mi alma aún guarda reminiscencias de algunos sentimientos. Acompáñame, Nathaniel, toma mi mano. Yo te acogeré en mi seno y te llevaré por la senda del Bien...


(continuará...)

M.

1 comentario:

Darka Treake dijo...

uuuu, buena continuación, pero sigues sin explicarme que es un Miago!!

Y por qué quieren la piedra lunar??

estaremos espectantes!

Darka.