lunes, 21 de julio de 2008

Sonata a la luz de la Luna

Esta es la historia del nacimiento de una canción, una obra de arte. De cómo dos amigos, el pintor y el músico, los artistas, trabaron una hermosa y fructífera amistad. Es la historia de una noche y un cielo iluminado por la hermosa luna llena... Muchos dirán que la Sonata a la Luz de la Luna es una composición fruto de un amor a la condesa Giulietta Guicciardi, pero no presten atención a tales falsedades...



Ambos eran amigos. Los vecinos los habían visto alguna vez juntos. No pasaba –inadvertido a nadie el carromato que algunas veces llegaba de incógnito hasta la finca del pintor. El germano solía acudir asiduamente a La Quinta del Sordo a descansar y a compartir pareceres con su viejo amigo. A los dos les gustaba sentarse hasta altas horas de la noche a la intemperie saboreando un delicioso vino de Burdeos. Cuando la mente empezaba a nublarse y ambos comenzaban a perder la razón, entraban de nuevo en casa y se disponían a crear. Acordes uno, trazos otro. Compartían muchas cosas:amor por el arte, sordera y locura, según los aldeanos y otros recelosos de su talento.
Había pasado mucho tiempo desde su encuentro en Viena, pero fue hace poco cuando el músico se decidió por acudir algunos días a España. Desde ese momento, lo hizo muy a menudo. Hoy era uno de esos días.
El músico germano bajó del carromato y, tras dar una propina al conductor, que gustosamente le bajó las maletas, se acercó a saludar calurosamente a su amigo.
- Hola, Francisco. ¿Cómo te encuentras?
- Saludos, mi viejo amigo. Pues debo decirte que he conocido tiempos mejores.–Goya contestó con un inglés a trompicones.– Pero entra, entra, Lud. ¿Y cuántas veces he de decirte que me llames Paco?
- Oh, es que en mi idioma suena un poco ridículo, pero dudo que a estas alturas a ti te importe demasiado.
Ambos profirieron en sonoras carcajadas y entraron en la casa. Ludwig van Beethoven, el famoso compositor de música clásica en la época, en ese momento no era más que un amigo que acudía a visitar a otro y que subía las escaleras para dejar sus maletas en la habitación donde siempre se hospedaba cuando acudía a ver a Paco.
La mañana trasncurrió tranquila. Los dos amigos se dedicaron a pasear por el campo, contemplando el paisaje. Debido a su avanzada edad, ambos debían ayudarse con el bastón para poder caminar. Corrían los primeros días de marzo del año 1827.
-¿Qué tal por Burdeos?
- Es hermoso, siempre y cuando evite salir a la calle y observar los comportamientos jocosos de los señoritos. Y yo que pensaba que lo había visto todo en Andalucía...
- Bueno Paco, ya sabes... Francia es Francia... Además, eso es algo que podrás apreciar por doquier: pocos ricos y muchos pobres. Así se escribe la historia.
- ¡Vaya! Veo que vas aprendiendo– Goya le guiñó un ojo a su amigo, que sonrió.– Sí, sí sé que tienes razón... Estoy desencantado de la vida, del mundo. Todo me hastía. Al menos en Burdeos encuentro algo de paz, sobre todo después de esta guerra en la que tanto han luchado los españoles. Y todo para que vuelva un rey con malas ideas y peores actos...
Beethoven le pasó la mano libre de bastón que tenía por el hombro de su amigo, en un intento de consolarle. Entonces, una mueca de dolor cruzó su rostro y Goya tuvo que cogerle para evitar que se cayese.
- ¿Se encuentra usted bien?
- Ay, Paco... Son muchos años y mayores sinsabores. Podría decirse que mi sordera es un alivio al lado de lo que padezco. Lo presiento amigo mío; mucho me temo que apenas llegaré a la primavera.
- ¡Vamos, hombre! No diga usted tonterías. Vamos, volvamos a casa. Prepararé algo de comer.
Goya sabía que en el fondo su amigo podría tener razón. Uno presiente cuando llega su hora. Él también sabía que tampoco le quedaba mucho tiempo para poder pintar.


Entre pinturas y charlas pasó el día. La noche llegó como un bálsamo para los artistas, la esperaban como agua de mayo para poder beber su copa de vino. Además, hoy había luna llena. Ni la noche con la mujer más hermosa podía igualar lo que sentían los dos amigos cuando disfrutaban de ese momento juntos.
Tomaron su copa y salieron al exterior. Se sentaron en unas sillas viejas que Goya tenía única y exclusivamente para esos momentos. Miraba directamente a la luna.
- Dime, Ludwig, ¿tú crees en la vida más allá de la muerte?
- Vaya... Pocas veces me has llamado por mi nombre sin abreviarlo. Debe turbarte esa cuestión... Pues te diré, amigo mío, que no, no creo en la vida más allá de la muerte, pero sí que creo en otra existencia. Muchas veces, de noche, he soñado que la luna me tomaba en sus brazos y me mecía. Mientras lo hacía, podía contemplar ese mundo de brujos y brujas que tú pintas. ¿Qué clase de persona con una vida común puede ver todas estas cosas?
- Goya asintió, convencido. Cuán sabias eran las palabras de su amigo. Vida no quiere decir existencia, ergo vida después de la muerte no hay, pero sí hay alguna existencia que no alcanzamos a conocer lo que aún estamos en este mundo.
- Dime, Paco, ¿en qué sueles soñar cuando duermes?
Goya miró al cielo y luego cerró los ojos unos instantes. A continuación dijo:
Yo sueño con que la Luna era mi amante, y si existen las noches de luna nueva es porque ella estuvo yaciendo conmigo en la cama. Pero la dejé porque sentí la necesidad de plasmarme en mis cuadros, de salpicar con mi alma los lienzos en blanco. Entonces ella se enfadó muchísimo y, tomando la guadaña de la misma Muerte, juró vengarse y acabar conmigo y, por añadidura, con las almas de los artistas.
Beethoven se quedó mirando a la luna. Abrió los ojos como platos; su copa cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. El vino se desparramó por todos los rincones, pero no pareció importarle. Se levantó a duras penas de la silla y, como pudo, corrió hacia la casa. Fue a la estancia principal, donde había un enorme piano. Goya fue tras él, pero no pronunció palabra. Beethoven se sentó frente al piano y comenzó a tocar:






Goya, conmovido, no se atrevió a interrumpirle. Cuando Beethoven finalizó, lloraba profusamente. El pintor también lo hacía.
- Apenas el podido oírte, pero a juzgar por tu rostro, es la melodía más hermosa que he percibido jamás. Espero y deseo que sea el réquiem que se escuche el día de mi muerte.
- Amigo mío, será el réquiem de tu muerte, pero ahora es el preludio de la mía.
Ambos se acercaron y se fundieron en un emotivo abrazo. Había nacido una de las historias más bonitas que el mundo jamás haya conocido...




M.

1 comentario:

Asrham Rayeuk dijo...

Maravilloso!! Sencillamente espectacular historia.

La musica delirante (soy fan de la musica clasica y sobre todo del piano)

Y la complicidad de los amigos para compartir lo sublime del arte, sublimar es crear a pesar de su eterno silencio.

Besos mudos y sordos.