martes, 17 de junio de 2008

El Encuentro

[...]
Las siete figuras se acercaron a Angelica y la rodearon. Cuando les vio el rostro se quedó paralizada: “No son de este mundo...”
- Vaya, vaya, vaya... Así que estás sola... Ya hemos venido nosotros a hacerte compañía. ¿Sabes? Me encanta el color de tu pelo. Es rojo... Como la sangre...
Tras decir estas palabras, André sonrió maliciosamente, mostrando sus colmillos. Angelica los miró aterrorizada.; lo que estaba viendo no podía ser cierto...
Nazrael se acercó a ella. Era el más atractivo de todos, a la par que terrible. Sus ojos tenían un brillo demoníaco; si se hubiera presentado como el mismísimo Hijo de las Tinieblas, no lo hubiera puesto en duda. Aproximándose a su rostro, le rozó la piel con sus manos. Angelica tuvo la sensación de que esas manos eran cuchillos que le cortaban, pues le recordaban a l frío acero.
- Tienes una piel increible, especialmente teniendo en cuenta que no eres más que una simple mortal. Tu cuello, tu pecho... Quién diría que estás sometida al paso del tiempo... Lás tima que todo ello desaparezca cuando estés muerta.
Nazrael le hizo una señal a Dracus, y éste sujetó a Angelica por detrás inmovilizándola. El resto empezó a acercarse a ella enseñándole los colmillos. Angelica notó como sus ojos se humedecían y empezaba a llorar. Era el fin...
Justo cuando los colmillos de Nazrael empezaban a clavársele en la carne, el ruido de un contenedor cayéndose de un golpe les hizo girarse a todos: era otro vampiro. Nazrael soltó a Angelica, se quitó el abrigo y se puso en posición de alerta. Los otros vampiros hicieron lo propio. Dracus exclamó:
- ¡Eh! No compartimos nuestras víctimas. Si quieres una jovencita como ésta, ves a buscarla a otra parte.
- No tengo intención de luchar contra otro vampiro si no es estrictamente necesario. Si te marchas y nos dejas tranquilos, no habrá ningún problema.
Las palabras de Nazrael tenían un tono mínimamente conciliador, aunque también de advertencia.
Pero Jacob no estaba escuchando sus palabras; ese pelo rojo le había resultado familiar, pero ahora al verla la había reconocido del todo... ¡¡Era Ella!!
Jacob vio como todo le daba vueltas y empezab a marearse. Entonces, notó arcadas y, cuando quiso percatarse, borbotones de sangre le venían de la garganta y empezó a vomitar.
- ¡Oh, Maestro! ¡Acaba con él! ¡No es más que un estúpido!– gritó Anaîs mientras los otros no paraban de reir.
Nazrael, sin embargo, lo miraba extrañado... “Curiosa reacción... Por qué será?”
Cuando hubo recuperado un poco la compostura, Jacob se limpió bien y le dijo a Nazrael:
- Yo tampoco tengo intención de enfrentarme a vosotros. Tan sólo os pido una cosa: soltadla.
- ¡Venga ya! ¡Cómo te atreves si quiera a pensarlo! Tú, que vas dejando vomitonas por ahí, nos pides que la soltemos... Maestro, ¡déjenos destrozarle de una vez!
Cuando Nazrael iba a dar una orden, se oyeron murmullos y voces: un grupo de veinte o treinta mortales se estaba aproximando. Entre la gente, Angelica pudo distinguir a Cristal que, como siempre, iba riendo. “Como nos vean aquí... Esto será una auténtica carnicería”. Angelica ya no sólo temía por su vida, sino por la de su amiga. Pero no era sólo eso lo que la preocupaba: acababa de ver cómo el misterio chico de la otra noche era uno de ellos.
Los ojos de Nazrael brillaban de rabia. Sabía que iniciar un ataque en presencia de tantos mortales podría ser muy problemático. Además, contravenía una de las normas de la Tribu: la población humana no puede conocer la existencia de los vampiros del clan. Y él, como el Maestro, debía ser el primero en atacarla.
- Las cosas se han complicado, será mejor que nos vayamos. Además, no es más que una mortal...
Sus compañeros pusieron un gesto de fastidio. Dracus soltó a Angelica y todos se aproximaron a Nazrael.
- En cuanto a ti– le dijo Nazrael a Jacob justo antes de marcharse– seguro que volveremos a vernos.
Antes de desaparecer, Palladius contempló al Maestro; sabía que lo que habñia dicho a sus compañeros no era más que una simple mentira para poder marcharse: nada le importunaba más que el que le torcieran sus planes a las malas, cualesquiera que fuesen. Palladius sabía perfectamente que las cosas no iban a acabar de aquella manera.

Simplemente se fundieron en la niebla. Angelica contempló a Jacob. No podía creer que él también fuese un vampiro.
Jacob empezaba a acercarse a ella. Estaba temblando; tenía mucho miedo de asustarla.
- Me has salvado la vida... Te doy las gracias. Podrías haberme matado, como pretendían ellos, y sin embargo no lo has hecho... ¿Por qué? Si tú también eres un...
- ¿Vampiro? Sí... Pero el conocerte tal vez hizo que actuara de manera diferente. Además, aunque te parezca increíble, un vampiro no tiene por qué ser sinónimo de brutalidad.
Angelica sonrió. Su tono de voz resultaba confortante.
- ¿Y cómo te llamas, “vampiro pacífico”? Yo soy Angelica.
- Yo... Me llamo Jacob.
- Bien Jacob, gracias una vez más por lo de esta noche. Será mejor que descanse. Un no está a punto de morir todos los días... Espero verte pronto.
Angelica le dio un beso en la mejilla y se marchó. “Angelica...” Jacob no dejó de repetir ese nombre durante unas horas que se le antojaron minutos. Entonces reaccionó: sería mejor volver a casa anes de que Arkan se enfadara.

Angelica, en el camino de vuelta, meditaba lo ocurrido. No se quitaba de la cabeza a Jacob, su nuevo amigo. Más que asustarla, su condición vampírica le atraía; siempre le habían gustado los vampiros. No se dio cuenta, cuando se quedó dormida, de las innumerables llamadas que Cristal le había estado haciendo durante toda la noche.

De Las Lágrimas del Monstruo.
M.


Bueno... El viernes es mi último examen... Por fin se acaba esto. Estoy físicamente agotada y mentalmente ausente, pero también estoy contenta. De momento sé que he aprobado Moderna de España con M. Deyà, el profesor "hueso" de la carrera. Veremos qué tal las otras...

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